domingo, 28 de noviembre de 2010

Trenes

Ve, con los ojos bien grandes, sentado a la mesa entre su padre y su madre, cómo el vaso vuela por el aire, describe un semicírculo rociado de gotas color sangre oscura y se estrella contra el piso.
Siente en su cara, en la de su hermano -un poco mayor que él- y en la de su madre, las salpicaduras.
Ve a su hermano agacharse para evitar que una flecha de vino lo atraviese, en su trayecto hacia el piso. Mira como recupera la posición, sentadito derecho y callado, con la vista en el plato.
No es la primera vez que el padre, borracho, revolea una copa, vaya a saber si por rabia o torpeza. Lo ve caer de la silla en el intento de evitar mancharse, lo ve en suelo entre insultos de voz arrastrada y entrerisas húmedas de alcohol, que patinan sobre la mueca tensa de su madre.
Su madre: en seguida mira a sus hijos con la pretensión de que no pasó nada, cuando el esposo todavía se revuelca y el vaso no termina de caer.
Mira el vino desplegarse en lo alto y venirse a pique para alcanzar el piso de baldosas en un estallido de cristal y ropas manchadas. Las astillas de vidrio danzan como polillas de hielo y cristal frente a sus ojos.
Miedo: el padre se levanta a duras penas, las mejillas enrojecidas y cuarteadas, y tira la silla contra la mesa. Un vaso de jugo cae sobre el mantel de plástico.
Naranja de jugo, bordó de vino y astillas de cristal toman la forma de un conejo grande y pesado. Conejo de mirada roja que se balancea frente a sus ojos.
Ve al padre dejar una nube púrpura en la manga de su camisa, al limpiarse la cara con el brazo. Lo escucha gritar qué mierda miran; lo mira encarar, tambaleante, el pasillo rumbo al dormitorio matrimonial. Allá va, a echarse en la cama.
Silencio. La madre limpia el piso, el conejo salta por la ventana y deja una estela de colores, el hermano no se mueve ni levanta la vista del plato, como siempre. Y eso que es el más grande.
Mientras le llega el vaho del vino derramado, siente la mano de su madre que le acaricia la cabeza al pasar, antes de agacharse a estrujar el trapo. Sabe que ella, luego de lavar los platos, les dará un beso en la mejilla a cada uno e irá a acostarse con su padre.
Es la hora de la siesta.

Abre la puerta del frente y sale al jardín. Todo quieto. Ni pistas del conejo.
Su casa está sobre un terreno elevado, una especie de terraplén. Desde ahí puede ver las vías del tren y una gran extensión de campo, salpicada de vez en cuando por algunas casas. El día es soleado y el aire no se ve de tan celeste.
Se sienta al borde, donde el terreno ya empieza a caer de golpe hacia las vías, a esperar que un tren aparezca. El que viene de la ciudad llega desde la izquierda; siempre aparece de repente en la curva, entre los árboles, a toda velocidad. Es un poco lejos, ero él ve cómo se agitan agitarse las plantas a un costado, y ve a los árboles retorcer las ramas y estirarlas a más no poder en dirección a las vías. Los árboles se ponen desesperados, piensa. No pueden hacer otra cosa que quedarse ahí, aunque a veces alguna rama logra meterse en medio del vértigo de los vagones, que la desflecan, la enganchan, la arrancan y se las llevan. También ve cómo las demás ramas lanzan gorriones y algún que otro canario salvaje a volar como locos al lado del tren, felices en el viento y la velocidad.
La tromba de máquina, vagones y pájaros pasa justo frente a él, en dirección al túnel, y desaparece.
Entonces otra vez el silencio. Tanto silencio que el tiempo no se mueve.
Por donde mire el viento ladea los trigales, pero él no lo siente en la cara. Sí le llegan gritos y gemidos desde su casa, que le incendian el paisaje de sierras y silencio.
El hermano está allá dentro, no sabe dónde, si en su habitación o todavía sentado frente a la mesa. No sabe, porque él siempre sale y el hermano se queda.

Esta vez explotó el sifón contra el piso. Esta vez la madre no pudo sonreír, al principio. Después sí, como si el sifón no importara, como si su hermano no hubiera tenido un pedazo de vidrio clavado en la pierna, como si su padre no hubiera revoleado un plato contra la ventana apenas escuchó el intento de llanto o miedo de sus dos hijos, que entonces se quedan mudos. Esta vez no hubo conejo ni madre que acaricia la cabeza.

Escucha los inaudibles pasos de su hermano sobre el césped, a sus espaldas. Se da vuelta y ahí está, parado, apenas fuera de la casa, mirándolo.
Vuelve la vista hacia las vías, a la espera del tren que viene del campo, de donde no hay nadie. Esa parte es árida, se lo ve venir desde bien lejos, aunque tan silencioso que a veces ni te das cuenta.
Mira para atrás otra vez y el hermano está ahí, parado a sus espaldas.
Sentate, le dice.
No me digas lo que tengo que hacer, yo soy más grande que vos.
Pero se sienta con cuidado en el borde.
Mirá, ahí viene el del campo, le dice.
A lejos se ve la locomotora, apenas distinguible entre el aire y los campos amarillos y verdes. Pero se viene, piensa.
¡Y ahí viene también el otro!, le dice el hermano.
¡Qué raro dos juntos!
Dan vistazos rápidos hacia uno y otro lado.
A ver cuál llega primero.
Él apuesta al que viene de la ciudad, al que arremolina plantas y pájaros.
El hermano al que viene del campo, al que viaja sin sonido.


Los gritos, las voces del padre y de la madre, llegan justo hasta el borde del terraplén.
Habría que irse más lejos, pero le gusta ver los trenes desde ahí. Aunque habría que irse igual, a donde no se escuche.
Los gritos se apagan, ya se habrán dormido.
O es que entre el ruido de los dos trenes, entre la succión del aire, entre los vientos que se mezclan y golpean entre las dos formaciones, se esfuman los gemidos de este mundo.
Ven con la boca abierta cómo los trenes, a máxima velocidad, se cruzan justo frente a ellos. Un caos de ruidos y colores nace del cruce increíble. Escucha voces que se llaman, risas, pasos de chicos o jóvenes que corren por el campo, luces de fiesta y música altisonante. En una fracción de segundo es alcanzado por indicios de historias, por vidas diferentes, por mundos desconocidos. ¿Es posible que esas gentes existan y que la mágica coincidencia de los trenes a toda velocidad, en ese punto preciso frente a ellos, justo ese día en que su hermano salió, las revele? ¿Será un mundo fugaz, uno que nace y muere en lo que dura el cruce, y por eso las voces excitadas por vivir toda una vida en ese fragor, ya que dejarán de existir cuando los vagones recuperen su sentido? De repente ve al conejo que salta del techo de un vagón a otro, y de un tren a otro, y con los ojos más rojos que nunca parece invitarlo a zambullirse con él al espacio entre las vías. Del encuentro de los trenes no dejan de surgir burbujas y rayos; los pájaros y los restos de plantas arrastradas asoman y se pierden; toman diferentes formas de bosques arremolinados. El conejo reaparece semioculto por las hojas, luego en una ventanilla o volando detrás los pájaros, en seguida entre las ruedas, en medio de las chispas del metal, y desde ahí, con las patas blancas alrededor del hocico le grita qué esperás, es ahora. Asustado, se vuelve hacia su hermano que señala hacia los trenes, sin hablar, con la boca abierta.
Se miran y, con el aliento contenido, vuelven en seguida la vista hacia los trenes, que ya se separan y alejan. Cuando desaparecen, cada uno en su horizonte, se largan a hablar los dos a la vez:
-La próxima hay que tirarlo ahí adentro a papá.
-La próxima, cuando vienen, nos paramos ahí en el medio y no nos ven más.
-¿Qué?, se preguntan, uno al otro, los dos juntos.
-¿Tirarlo a papá?
-¿Pararnos nosotros ahí?
-Sí. Lo arrastramos dormido y lo tiramos y listo...
-....
-...los trenes se lo llevan.
-Mejor vamos nosotros, que nos lleve a nosotros.
-No. Yo ahí no me meto ni loco.

Silencio. Los trenes persisten en sus diferentes destinos: segundos más tarde ya no se los ve. El cielo se calma, se sacude el ruido, despeja los vientos, vuelve a ser quieto y celeste. Reaparecen graznidos y cantos aislados.
Los hermanos dejan las vías a sus espaldas y enfilan para la casa. Luego de dar unos pasos, como si se hubieran puesto de acuerdo, hacen una pausa y vuelven las cabezas.
Callados, dan unos pasos más y abren la puerta.

Pablo Resnik

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