No podemos llamar a la policía. No somos niños, nosotros somos la policía. Pero, aún así, ¿cómo explicar el horror en el cual nos vemos atrapados, de pie, mudos y en círculo frente a una cama, dentro de un dormitorio al cual ojalá nunca hubiésemos tenido que venir?
La campanilla del teléfono me había arrancado del sueño. Semidormido y en medio de la penumbra, agarré el receptor mientras intentaba adivinar qué hora sería. El sonido de mis propias palabras, al atender, me sonó ajeno en la soledad de mi departamento.
Era de noche, era Jota, era la policía. –Hola -la voz de mi compañero me llegó por el auricular junto a los ruidos aislados de la madrugada. -Sí, Jota, te escucho…, sí, claro que me despertaste, pero no importa… ¿Una muerte? ¿Dónde? Ah, por suerte es cerca de acá. Cuándo dejarán de llamarme a estas horas. Me saqué a tirones la remera que, empapada por el sudor, se negaba a desprenderse de mi cuerpo. El verano de Buenos Aires había llegado peor que nunca y cubría la ciudad sin compadecerse de nadie. El ventilador de techo, negro de hollín, colgaba inmóvil desde hacía meses. Cada día me prometía arreglarlo y cada día, sin embargo, me olvidaba. Parecía optar, sin darme cuenta, por dejarlo así nomás, por no tocarlo, como si todo debiera permanecer siempre igual, como si su eventual retorno a la vida pudiera alterar un estado de cosas al cual ya me había acostumbrado. La pesadez y la humedad, en tanto, insistían en el presagio de una tormenta que no se decidía a estallar.
–En seguida salgo para allá, no toquen nada. No toquen nada. Tantas veces me escuché decir esas mismas palabras.... No toquen los elementos de la muerte, no toquen sus signos ni sus señales, no alteren el orden de lo que aún no comprenden. No toquen nada. No, al menos, hasta que yo llegue. ¿En qué momento me habré convertido en alguien capaz de interpretar la escena de un crimen, en alguien de quien se espera pueda desentrañar la muerte, en alguien que pasa, mediante una simple llamada telefónica, de la oscuridad del sueño propio al trato íntimo con cuerpos y destinos de otros, con vidas o muertes que no le pertenecen? Me lavé la cara mientras luchaba contra la somnolencia que se resistía a abandonarme. Al entrar al baño el reflejo de mi cara dormida y multiplicada se había vuelto hacia mí, casi imperceptible en el juego de los espejos despulidos, pero aún distinguible gracias al lunar en uno de mis pómulos, que se repetía una y otra vez hasta perderse. -Voy a dejar este trabajo alguna vez… Son años Jota, con tu mirada en mis ojos; años escrutándome mientras soltás esa frase, siempre la misma, años a través de los cuales confirmas una y otra vez, en mi gesto, tu propio hastío. Hoy, en medio de la noche y a través del teléfono, ese cansancio dejó lugar a un tono de urgencia y sorpresa o, quizás, de espanto.
-… ¿podrás venir en seguida? -Sí, Jota…, te acabo de decir que ya salgo. ¿Qué pasa? -Hay un muerto sobre una cama, tenés que venir ya mismo a verlo. -Un muerto sobre una cama, está bien. Pero, ¿qué más pasa?
-No te lo puedo explicar por teléfono. Vení ya, tenés que ver esto con tus propios ojos. Voy a dejar este trabajo...; las calles habrían estado desiertas, a las tres de la mañana, a no ser por este policía en busca de una muerte. La neblina velaba el reflejo de mi paso sobre la humedad del empedrado. Quizás sería mejor irme, pensé, doblar en la primera esquina, bajar hasta el río y sentarme a pensar cómo seguir. Mi departamento quedaba atrás y ahí esperaría a que yo, en algún momento del día o de la noche, pudiera regresar. A que yo mismo y ningún otro volviera a poner la llave en la cerradura para abrir la puerta de entrada; a que nada más que mi propia sombra pasara entre los perfiles de los muebles y llegara al silencio del cuarto para desplomarse, como al final de cada día, en la cama. Por fin, luego de un tiempo que parecía no querer avanzar, llegué al lugar de los hechos. Un viejo edificio, una esquina, una tempestad de luces celestes. Eran más patrulleros de los que hubiera imaginado. Más, sin duda, que los que acuden ante cualquier muerte perdida en la ciudad. Yo conducía mi propio auto, un vehículo civil, un modelo antiguo y ya poco común. Los agentes, atentos a mi llegada, levantaron las barreras y se apartaron para darme paso. -Tercer piso, -dijo Jota en voz muy baja, parado en la vereda junto a los oficiales de investigaciones, apenas pude llegar a donde estaban. Luego se retrajo y, con las manos metidas en los bolsillos y la vista clavada en lo alto, en una ventana con luz amarillenta, se quedó callado.
Miré hacia arriba. Un edificio viejo, de tres pisos, como la mayoría en esta zona, el bajo San Cristóbal. El techo, una cúpula abovedada de tejas negras, confluía en un largo mástil o pararrayos. Las puertas de la planta baja, abiertas de par en par, nos esperaban.
Jota me siguió por la escalera sin decir una palabra. Juntos atravesamos la oscuridad y el olor a encierro del primer piso. En medio del silencio dejamos atrás el descanso del segundo para alcanzar, por fin, el tercero, el último, nuestro destino. Ya dentro de un departamento enorme y desolado, en la habitación principal -un dormitorio con la cama doble situada en su mismo centro-, seis pares de ojos se volvieron hacia mí. Seis pares de ojos, ni una sola voz. Seis policías sin respuestas, perdidos y mudos frente a mí como ante una aparición. En medio, la cama tendida con esmero. Sobre ella el cuerpo de un hombre, desnudo y con la cara cubierta. Me abrí paso hasta quedar frente a él. Observé a los agentes a mi alrededor. Nadie hablaba, no me entregaban los acostumbrados reportes, casi no se atrevían a cruzar conmigo una mirada. Con cuidado le agarré una mano al cadáver, la dejé descansar sobre la mía y busqué el pulso en la muñeca, sin poder encontrarlo. No entiendo, pensé. ¿Era posible que nadie se hubiese dado cuenta? Ese cuerpo estaba tibio, no parecía visitado por la muerte. El pulso, por débil que fuera, debería haber estado ahí. Lo intenté, entonces, con más cuidado; las yemas de mis dedos rastrearon sobre la piel el más pequeño indicio de vida, exploraron las venas y las arterias, intentaron descubrir un ritmo, un sonido lejano, el susurro, al menos, del paso de la sangre entre los tejidos. Pero nada, ni la más mínima señal. Palpé entonces su cuello y busqué vida en su carótida sin encontrarla. Ese hombre estaba inerte. Inerte, acostado sobre sus espaldas, por completo inmóvil. Inerte a pesar de los músculos plenos bajo la piel tibia y rosada. Entrecerré los ojos en busca de una respuesta. ¿Cuánto tiempo habría pasado desde que me llamaron? Unos veinte minutos..., calculé. Y otros treinta o cuarenta, por lo menos, desde que alguien avisó a la comisaría. En total, seguro no menos de una hora y quién sabe cuánto más. Sin embargo el cuerpo permanecía como vivo, sin ausentarse, sin dejarse arrastrar por el frío, por la lenta excusa de la muerte. Seguía tendido, con el gesto descansado y las manos en reposo a la espera de la mañana para, por fin, despertar.
Estaba dormido, estaba muerto. Ascendí, detrás de mi mirada, en busca de su cara. ¿Por qué unos policías experimentados se habrían tomado el trabajo de cubrirlo con tanto apuro? Quizás también estuviesen cansados y ya no quisieran ver, ellos tampoco, lo que cada noche, oculto en uno u otro lugar, nos espera. Retiré despacio el oscuro abrigo con el que lo habían cubierto y me fui para atrás, espantado, apenas al verlo. Será por el mareo del sueño o por los jirones de noche y viento de esta pesadilla, pero los familiares rasgos del hombre se me perdían, giraban delante de mis ojos, flotaban en medio de un vahído, de un oleaje en medio del cual alcancé a ver un punto que fijaba su cara, un ancla, una cuerda que se tensaba para no soltar la amarra, una marca que señalaba el punto exacto e ineludible de esa realidad: un lunar en su pómulo. Y ahora qué. Jota rompe el imperfecto círculo de gestos mudos y se toma de mi brazo. Así es, Jota, así es, deberíamos encontrar una respuesta, no podemos llamar a la policía. No somos niños, nosotros somos la policía.
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