domingo, 28 de noviembre de 2010

Dioses y Humanos en Babel

Que lo religioso acompaña al hombre desde que tenemos noticia parece un hecho ineludible. La pregunta es hacia dónde lo acompaña y si tal compañía es necesaria, forzosa o prescindible. Por otra parte, ¿será la fe religiosa una buena compañía? Las diferentes creencias han generado, a lo largo de la historia, tanta intolerancia como solidaridad, tanta crueldad como misericordia, tanta tranquilidad de espíritu como sentimientos de culpabilidad frente al Señor, cualquiera fuera su filiación (la del Señor) y… ¿tantas muertes como salvaciones? Mmhhh.., aquí parece que ganarían las muertes, merced a las incontables persecuciones del medioevo y a las modernas guerras o atentados de raíz religiosa.
Pero hay una consecuencia -y al mismo tiempo causa- de la fe que tal vez sea de mayor peso o gravedad: la dependencia perenne del creyente en un ser –o instancia- superior con capacidad resolutiva sobre su vida, tanto en la tierra como en el cielo. Y, por lo tanto, la postergación de la capacidad de vivir la soledad, la incertidumbre, la propia potencia como herramienta para estar en el mundo.
Quizás sea, la religiosidad, sólo una etapa, un estadio evolutivo del hombre, un camino primero e inseguro, un recurso -desechable en el futuro lejano-, para hacer frente a la vastedad inabarcable de la existencia.
O no. Tal vez representará siempre una opción, dados los casi dos millones de años de evolución del hombre sobre la tierra, en los que jamás, según parece, ha dejado de creer. Y habrá también, entonces, como en todas las épocas, junto a los devotos, quienes no crean. Y, además, no necesiten creer.
Así estamos. Por un lado, fieles practicantes, filósofos teístas, fanáticos, creyentes dominicales y teólogos cargados de pesados manuscritos u objetos rituales; por el otro, científicos de tubo de ensayo y observatorio, ateos, decepcionados e indiferentes. En el medio, aquellos que reconocen el misterio de la existencia y con él conviven, sin cerrar el círculo con respuestas que lo acallen.
Génesis
Entre los estudiosos de la historia de las religiones no caben dudas acerca de la casi universalidad de las creencias en un Ser divino, residente en los cielos, creador del universo y proveedor de vida y fecundidad. A través de las diferentes culturas, de la vida de dioses, muertos, santos o demonios, lo alto se ha constituido en escenario. En sus dominios se ha resuelto, desde siempre, la creación del mundo. El cielo ha sido y es, según parece, el gran inspirador o el receptáculo por excelencia de las intuiciones, temores y sentimientos sagrados de los hombres.
En palabras de M. Eliade, esto es así porque “el cielo es grandioso e inexplicable, su mera contemplación nos produce una experiencia primaria de lo sagrado. La bóveda celeste es lo otro por excelencia, frente a lo poco que el hombre y su espacio vital representan. El simbolismo de su trascendencia se deduce de la simple consideración de su altura infinita y de su inmutabilidad. (...) Lo alto es una categoría inaccesible al hombre en cuanto tal; pertenece por derecho propio a las fuerzas y a los seres sobrehumanos”. Y agrega: “el cielo revela su trascendencia con anterioridad a toda valoración religiosa”. (...) “Su eternidad frente a la efímera vida de los hombres, lo constituye en el ente hierofánico por excelencia” (hierofanía: aptitud de revelar o evidenciar lo sagrado). “Todo lo que en él acontece –la revolución rítmica de los astros, el correr de las nubes, las tormentas, el rayo, los meteoros, el arco iris-, son momentos de aquella hierofanía”.
Padre, perdónalos
La forma de la creencia ha variado de manera notable desde los tiempos prehistóricos hasta la actualidad. Hemos transitado a través de la atmósfera numinosa del animismo y la magia, del politeísmo cuasi terrenal de Roma y Grecia, y de los dioses solares y lunares de las religiones antiguas. Conocimos al Yahvé tiránico de la Biblia, al más que humano Jesús de Nazareth y las sangrías religiosas medievales. Y arribamos, por fin, a este presente, con miles de diferentes cultos, cada cual convencido de la verdad de su propio relato.
Hoy, sin embargo, en esta cambiante era de virtualidades que nos ha tocado en suerte, el objeto de fe parece estar sufriendo, para muchos, un traslado desde los primitivos tótems y los temidos dioses antropomórficos a los que se podía (o se puede, según el caso) hablar y solicitar favores, hacia un “algo” ya no tan definible. Un “algo” sagrado, desconocido, misterioso y, sobre todo, protector, que libere al hombre de esa suerte de desolación existencial en la que está inmerso y, de paso, de la ausencia de respuestas.
En opinión de M. Eliade, la búsqueda del favor y protección de los dioses o del misterio parece haber guiado el desarrollo de lo religioso. Ahora bien, ese “algo”, esa cruz aferrada entre las manos, ¿puede entenderse como una verdadera referencia a la existencia de un dios creador o está más cerca del amuleto protector, de la ilusión de manipular, de alguna manera, al destino? De uno u otro modo, el modelo de dios barbado y consciente que vigila, castiga y protege parece estar perdiendo adeptos, así como ya no reina Zeus en el Olimpo ni Poseidón en los mares. Esto no debería llamar la atención si se consideran las enormes diferencias socioculturales y condiciones de posibilidad existentes entre las civilizaciones que dieron a luz tales cosmogonías y las actuales. Los diversos dogmas han soportado, a través de la historia y como no podía ser de otra manera, los embates de una cultura que cambia. La mirada de la ciencia, mediante sus diferentes disciplinas, entre ellas la astronomía, desde Copérnico y Galileo y la antropología, a partir de la teoría de la evolución de las especies de Darwin (¡aún discutida por algunos en nuestros días!) ha dado por tierra, de manera implacable y progresiva, con los relatos religiosos clásicos. Las verdades reveladas de los libros sagrados, lejos ya de tomarse al pie de la letra, son consideradas como mitos o leyendas que ilustran o simbolizan momentos significativos de la historia más antigua de las civilizaciones. En consonancia con estos hechos, encontramos que, según diversas fuentes, el porcentaje de no creyentes es más elevado en las sociedades modernas que en la mayoría de las civilizaciones antiguas.
¿Hasta dónde seguirá cambiando la relación del hombre con el enigma de la existencia? La bella intriga del misterio se resiste a ser develada. En tanto, la religión la profaniza con relatos explicativos y rituales de este mundo y la ciencia no encuentra (y parece a años luz de encontrar), a pesar del esfuerzo y los avances en el conocimiento positivista, la respuesta final. O inicial.
En el principio fue el Miedo
En el principio fue el… no sabemos, en verdad, ni siquiera, si hubo un principio para el Universo o si, aunque resulte muy raro de imaginar, siempre estuvo ahí. Para los diferentes cultos religiosos es evidente que sí lo hubo y así lo comunican en sus diferentes relatos cosmogónicos, en los cuales una fuerza divina dotada de intención y ella misma eterna, es decir, sin principio (y ahí estamos, otra vez, pedaleando en el barro) crea el mundo, entendiendo por tal el universo todo.
La realidad, de uno u otro modo, parece indicar que la Tierra lleva millones de años girando alrededor del sol, a través de un paisaje de piedra, frío, soledad y silencio. Pero tal desolación cósmica no estaba destinada a durar para siempre. En algún momento, la criatura humana daría un paso más en su derrotero; algo nuevo estaba por suceder:
Región del lago Turkana, Kenia, 1,7 millones de años antes de Cristo
La sabana africana dormía la noche de un tiempo salvaje y sin alma. El viento probaba la resistencia de los escasos arbustos y peinaba, con un susurro, la interminable manta de césped. La tierra, perenne y callada, viajaba por el universo mientras los animales se entregaban, confiados, al reparo del sueño. Sus vientres ascendían y descendían en un ritmo incesante, profundo e igual a sí mismo. No había habido respiración antes, en el principio. No había habido, en esos orígenes, más que líquidos cargados de una potencia maravillosa, sólo increíbles restos químicos provenientes del cosmos; agua, gases y polvo como todo inicio de la vida en la tierra. Restaban cientos de miles de años para llegar, desde aquel caldo inorgánico, al aliento animal; de las primeras formas de vida, unicelulares, al resoplido que hiede, al peso del pelaje, al galope hacia la víctima, a la huída en busca de la remota posibilidad de escape, al aliento detrás, a la muerte para uno y la vida, el olor de la sangre caliente y la carne aún sangrante entre las fauces, para el otro.
Pero el tiempo, implacable, había transcurrido; la vida animal reinaba y, en ese instante, dormía. La mirada de una lechuza brillaba, desde lo alto de un árbol, única habitante de la noche en que cuervos, águilas, y otras aves también se habían entregado, por unas horas, al abrazo del espacio onírico. El cielo, aquella bóveda inexplicable, permanecía vacía, sin más que el brillo oscilante de las estrellas y una luna cuyo destello de verdades celestiales distaba aún milenios de ser sepultado por Galileo.
El hombre era otra criatura dormida a la intemperie de una eternidad que no ofrecía, aún, el tiempo suficiente para comenzar a pensarla. Su mente no se había sorprendido ni había dado forma a razones. Sólo cazaba, dormía y se acaloraba con el sexo, del que no estaba enterado que conducía a la vida. Ocuparía este ancestro, llamado Homo Erectus, la escena africana por un lapso de 1,5 millones de años. Pero una noche, esa noche, estalló una tormenta. Esa noche, bajo el perenne manto de aquel cielo aún vacío de dioses, en medio del silencio de la vida salvaje dormida, en medio de la oscuridad más llana, cayó, desde lo alto, ¡un rayo! La tormenta, en su furia, despertó a hombres y animales; las aves se arremolinaron en busca de escape o refugio. Llegaban, desde las alturas, vendavales de truenos, lluvia y rugidos que lograron, como golpe final a una maduración de milenios, la luz en otro universo, en el cerebro de un hombre que sólo entonces comenzaba a ser hombre. Sólo entonces, cuando entre aterrorizado y sorprendido se cubrió el rostro con los brazos y bramó, al cielo, que se detuviera. Temeroso, confuso, atrapado, parió un grito tan informe como pleno de significación primordial. Casi un ruego dirigido a lo alto, al trueno y a la tormenta, para que se detuvieran.
¡Cielo, Trueno y Tormenta, una primigenia y poderosísima Trinidad!
En medio de la angustia y el miedo, de la incertidumbre y el desconocimiento de las causas de tanta violencia, en medio del desamparo más brutal, ese hombre ancestral, tal vez el Primer Creyente, encontró, sin proponérselo, el Gran Camino (¡haberlo patentado!): adjudicarle al cielo una voluntad y una potencia sobre él y sobre la tierra que habitaba.
Sólo restaba hallar el modo de que esas fuerzas le resultaran favorables.


La religión de las cavernas o ánima,germen de Dios)
“Las leyes del pensamiento sobre las que se fundamenta la magia -nos cuenta J. Frazer en “La Rama Dorada”- son dos. Primero, la ley de semejanza: lo semejante produce lo semejante (magia homeopática). Segundo, la ley de contacto: las cosas que una vez estuvieron en relación física de contigüidad mantienen el poder de actuar de modo recíproco a distancia (magia contaminante)”. El mago actúa bajo esos principios convencido, de manera implícita, de que son leyes universales que ocurren de modo invariable e incluso sin intervención de agentes personales. Es decir, “la magia constituye un sistema de leyes naturales”, dice Frazer, que sólo se diferencia de la física o de la ciencia en general en lo erróneo de sus conceptos, pero no en la aplicación de la regla de causa-efecto. El hombre primitivo necesitaba explicarse el mundo al que había sido arrojado y lo hacía -¿de qué otro modo si no?- a partir de las herramientas y las vivencias con que contaba. Y en ese mundo, “cuando hay un cambio, hay una causa, y donde hay una causa, hay una voluntad: el tiempo que no quiere llover, el río que quiere salir de madre, la roca que quiere o no moverse” (H. Frankfort; “Before Philosofy”, 1954).
Si bien no se tienen certezas acerca del pensamiento religioso del habitante de la prehistoria temprana, las pinturas descubiertas en cavernas del sur de Europa (Lascaux, Tríos Fréres, Montespan), entre otros hallazgos, parecen dar de cuenta de un pensamiento nutrido por el animismo y la magia. Los objetos inanimados se constituían en entidades personalizadas, poseedoras de un ánima, no necesariamente dotada de poderes superiores.
Comenzaba a delinearse una idea fundamental en la historia del hombre: la existencia de una voluntad ajena y misteriosa, que opera en y desde la naturaleza e influencia de manera crucial el mundo propio. El camino desde esa ánima, voluntad previsible correspondiente a un mundo por demás terrenal, hasta aquella única y omnipresente que desde los cielos ordena diluvios, diseña criaturas y prohíbe paraísos, requeriría algunas decenas de miles de años y el desarrollo, en los hombres, de una más compleja capacidad de raciocinio.
Babel, entre el cielo y la tierra
El cielo observaba, esperaba y construía su destino. No se resignaría a una eternidad poblada de negro silencio apenas habitada, cada millones de años luz, por unas pocas galaxias perdidas. Lejos de ello, los planes que lo celeste albergaba para sí mismo comprendían un cosmos colmado de dioses o, al menos, por la omnipresencia de un poder creador único que tomara soberanía sobre todo, pero todo, lo existente. Desde una estatura tan incomparable, ¿por qué no reclamar ese derecho o alimentar tal ambición?
Allá abajo, en la tierra, en tanto, y mientras los ecos del gran diluvio universal aun no habían sido olvidados, los hombres de Sumer, llegados a la Mesopotamia desde las regiones septentrionales del continente, desarrollaban su propia historia. Uno de sus reyes, el poderoso Nemrod, fundaría una ciudad a la que llamaría Bab-el (puerta de Dios).
El tiempo, al menos unos noventa mil años de evolución desde el Homo Sapiens, había transcurrido. La cueva ritual paleolítica se transformaría en torre sagrada y las ánimas de la naturaleza en dioses.
Ciudad de Ur, Sumeria, cuatro mil años antes de Cristo
Según relata la Biblia, los descendientes de Noé levantaron, en la llanura de Shinar, Babilonia, una imponente torre con la ambición de alcanzar, con ella, el cielo. Los tiempos llamados históricos nacían allí y por esas edades, junto a los primeros símbolos cuneiformes de la cultura sumeria. La civilización del cercano oriente no cesaba de crecer. En infinito número los pueblos provenientes de las heladas regiones del norte, de las fronteras del oriente lejano, de la cuna africana o de las islas mediterráneas convergían y se mezclaban en las calurosas tierras situadas entre el mar Mediterráneo al este, el Golfo Pérsico al oeste, y los ríos Tigris y Éufrates al norte y al sur respectivamente. En ese estrecho territorio del Asia Menor emergían la escritura y las primeras leyes, las guerras por territorios o riquezas, la nobleza y las miserias, las necesidades terrenas y divinas. Nacía la cultura.
En la tradición sumeria, la estructura de cada ciudad-templo preexistía en el cielo y guardaba relación con alguna constelación estelar. De este modo, los sumerios las construían tal y como sus dioses lo mandaban. Y en una de ellas, al sur de la actual Bagdad, según la lectura bíblica, dijeron los hombres: “Vamos, edifiquémonos una torre cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéramos esparcidos sobre la faz de toda la tierra.” Y, uniendo la acción a la palabra, comenzaron la construcción de los muros circulares correspondientes a siete torres superpuestas, cada vez más estrechas. En realidad, la llamada Torre de Babel fue levantada, como tantos otros zigurats (torres piramidales destinadas a prácticas religiosas), para honrar a las divinidades sumerias. A partir de la versión bíblica, la torre devino en símbolo de la ambición del hombre –alcanzar el cielo, desafiar a los dioses- así como también de la cólera divina. Pero existía otro motivo no menos importante (e impertinente, suponemos, a los ojos de Jehová), para construir la torre: creyentes pero no ingenuos, los habitantes de Sumer se reservaban la posibilidad de salvarse, merced a la elevada altura de la construcción, de un eventual nuevo diluvio, en el caso de que los dioses decidieran no concederles la gracia de seguir viviendo.
El asunto es que, a Jehová, todo aquello no le gustó. Descendió, vio, y no le gustó. Y dijo: “He aquí que el pueblo es uno y todos estos tienen un lenguaje, y han comenzado a obrar, y nada les retraerá de lo que han pensado hacer. Ahora, pues, confundamos sus lenguas para que ninguno entienda el habla del compañero.” (…) “Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra y dejaron de edificar la ciudad.” (“Génesis”; 11-6/8)
Si bien es cierto que la leyenda de la Torre de Babel le resulta funcional a la Biblia para explicar cómo el mundo se fue poblando y de qué manera nació la diversidad de lenguas a partir de intervenciones divinas, también ilustra el progreso indeclinable de una motivación muy humana, tan humana que es adjudicada, en el relato, también a Dios: la de dominar, hasta donde se pueda, los fenómenos y la muerte, es decir, el destino.
Dice M. Elíade, en su “Tratado de Historia de las Religiones”: “hay religión cuando se reconoce un misterio y se adjudica a seres superiores la facultad de actuar sobre la naturaleza de las cosas, con el poder de modificarlas”. Es decir, el mundo no obedece enteramente a leyes naturales, como en la magia o en la ciencia, sino a voluntades divinas, pasibles de escuchar nuestros ruegos (o no) y premiar nuestras buenas acciones. O no.
Epílogo: incierto camino el de los hombres y los dioses
Nuestro tiempo de evolución es insignificante en la escala del universo. De los 4.000 millones de años de existencia de vida en nuestro planeta, los hombres sólo hemos vivido unos instantes. Desde esa perspectiva, ¿en qué nos habremos convertido en unos pocos millones de años más? ¿Qué aspecto tendremos, si es que aún estamos paseando nuestras ilusiones por aquí? ¿Creeremos en estos mismos dioses o en formas nuevas, ni siquiera soñadas en nuestros días? ¿Habremos cometido el sacrilegio, por otra parte impensable, de resolver el misterio? (¡Oh! En ese caso, ¿qué haríamos después?) ¿Estaremos, quizás, abocados a estudiar con simpatía los viejos mitos de una civilización primitiva, la nuestra, que se desarrolló allá por los primeros 20/25 siglos de la historia?
¡Ah, la vida en la tierra rebosa de cuestiones interesantes! Entre otras, muy placenteras pero que no vienen al caso (o sí) en esta nota, vale la pena asomarse a contemplar la inaprensible noche y disfrutar su grandiosidad y belleza.
Y recostarse contra un árbol y soñar.
Soñar que mi conciencia se hunde en el silencio y figuras humanas arcillosas emergen de la nada. Se mueven en grupos, apenas distinguibles de lo oscuro y uniforme de un universo vacío. Sueño sus flacas y calladas espaldas alejándose, desapareciendo de mi vista –o de mi razón- y volviendo a aparecer más allá, una y otra vez. Espaldas que transitan la noche, fragmentos de un organismo que no logran hallar. Las visiones de mi mente nocturna parecen provenir de todos lados y se difuminan cuando intento aprehenderlas. El zumbido de la noche se tensa junto a la mirada, ahora próxima, de los hombres de arcilla. Mirada calma, lejana, antigua. Pienso en esos hombres cansados de vagar. Pienso, o me doy cuenta, o sueño, al verlos aparecer y desaparecer sin prisa en los recodos de lo oscuro, que son eternos. Y que están perdidos. Existen sin mundos ni dioses ni cielos. El color de su piel es el de la tierra, mas no lo saben porque la tierra no ha sido creada. No sabrán, tampoco, lo que de ellos se dirá cuando el mundo exista, porque no tienen ni tendrán memoria. No recordarán.
Sueño que despierto, me siento frente a mi computadora y, aún bajo el influjo de imágenes de las que sólo persiste un eco, escribo: Dioses y Humanos en Babel (o Arrojados a la existencia).
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Publicado con permiso de revista "El Anartista -cultura contra el bien general-"


Bibliografía / Lecturas de interés

Angela Piero, Angela Alberto, “La extraordinaria historia de la vida”, 1999, Ed. Grijalbo;
Elíade M, “Tratado de historia de las religiones”, 1954, Ed. Instituto de estudios políticos, Madrid;
Elíade M, “Historia de las creencias e ideas religiosas”, 1976, Ed. Piados (1999);
Frazer J, “La rama dorada”, 1890, Ed. Fondo de Cultura Económica (1996);
Heródoto, “Los nueve libros de la historia”, siglo V a. C, Ed. Edaf (1989);
Wendt H, “Empezó en Babel”, 1960, Ed. Noguer (1973);
Zunini Giorgio, “Homo Religiosus”, 1970, Eudeba;
“La Santa Biblia”, autores varios, año incierto.

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