domingo, 28 de noviembre de 2010

El Muro

Hace quince días encontré de pronto, delante de mi ventana, a una mujer que me dijo que le era necesario hablar conmigo. Dijo: Antes de que sea tarde. Le dije: ¿Usted se quiere suicidar? Me dijo: Yo no, pero usted sí.
(T.Bernhard; entrevista...)
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Paradoja de la Muerte y el Encuentro
Desde las novelas “Sí” o “El Origen”, de T. Bernhard hasta “El Dios Salvaje”, de A. Álvarez, pasando por estudios como “Exploración fenomenológica en 50 casos de intento de suicidio”, de D. Murguía, asistimos a la presencia, evanescente, es verdad, de los suicidas existenciales; aquellos que construyen el desolado final ladrillo sobre ladrillo, esos que maduran la irrevocable conclusión a lo largo de meses o años o toda una vida y lo hacen, entre otras cosas, determinados por el intolerable agobio de una dramática vivencia de soledad y aislamiento.
La noticia golpea: “Tokyo.- Al menos siete personas se suicidaron inhalando monóxido de carbono en dos aparentes "pactos de la muerte" ocurridos en la provincia de Tochigi, al norte de Tokio, según informó la policía local. Desde enero del 2003, casi 90 jóvenes japoneses acordaron, por internet, reunirse para acabar con su vida.”
Si el deseo de no vivir comprende, de modo casi necesario, el padecimiento de la separación, el desarraigo y la pérdida de todo trazo vincular, ¿cómo pensar esa muerte prevista y conjunta, pero ratificada y definida en un encuentro, en una situación de vínculo máximo, de intimidad insuperable, de tamaña desnudez compartida en el estrecho espacio del interior de un auto?
Tierno y horroroso: en medio del páramo, se busca la compañía del otro para un más cálido final.
¿Habrá generado, tal comunión de últimos instantes, al menos la incertidumbre acerca de la decisión ya tomada o una dirección nueva en el deseo, hacia el abandono del darse muerte?
Pues no, según parece. A pesar del encuentro, aquellas almas prefirieron de igual modo la muerte, tal vez para descartar el riesgo de seguras nuevas decepciones o por sostener la resolución tomada, en un último acto de dignidad frente a la vida. Dignidad de concretar la afirmación, de producir algo cierto, aunque la cosa fuera el propio final.
En la novela “Los Suicidas” de Antonio Di Benedetto, dos periodistas, un hombre y una mujer, que se conocen al investigar juntos la razón de unos pactos suicidas para una nota en un diario, terminan por formalizar uno entre ellos. Sin embargo, sólo la mujer, Marcela, lo concreta, luego de varios días de encuentro y amor con su compañero. Cuando parecía haber hallado, por fin, un lugar y un afecto, quizás eso mismo le permite resolverse a terminar, a salir del mundo con un bagaje más dulce, con un final más feliz.
“¿Para qué, se decía Marcela, si después moriremos?” Y disfrutaba el cuerpo y el alma de su compañero. Y deslizaba otra vez: “(...) pero en el fondo, no vale la pena”
-¿Cómo para qué?, le pregunto.
- “El encuentro debería asegurar algo”, podría, si estuviera con vida, responder ella. -“Ojalá eternizara el todo, que apenas dura un instante”

Sin embargo, ya lo sabemos: el instante no alcanza a remediar lo perdido y el mundo sigue girando.

Condenada soledad
¿Por qué no el suicidio? Tal y como están las cosas, la propia permanencia individual en el mundo concierne cada vez menos a los dioses y más a los hombres, y se encuentra sometida a tensiones que, para algunos, resultan difíciles de tolerar o, sin más rodeos, se evitan, mediante drásticas decisiones. Podríamos adjudicar a esos factores sociales de presión la responsabilidad sobre el incremento de los suicidios; a la realidad de que nuestras vidas pueden, por un lado, ser tomadas con mayor facilidad desde afuera, ya por una enfermedad que castigue nuestra entrega al placer, o por un gobernante (en el peor sentido de la palabra) foráneo que nos decrete un final en masa, o por uno nacional e impopular (populares no hay más, pero es lo mismo) que elija para nosotros una cotidiana miseria.
Sin embargo, en medio de catástrofes, situaciones de amenaza, pobreza u opresión, la tasa de suicidios, lejos de aumentar, desciende. El estado de peligro fortalece los lazos de unión entre semejantes. Diluye, así, la soledad existencial y la vivencia dramática de desarraigo que, según parece, no encuentran competencia en su formidable poder de convicción, en lo que a convocar adeptos al retiro voluntario se refiere. Pasen y vean:

El suicidio es más frecuente en los países ricos e industrializados.
Más en profesionales de clase media que en obreros.
Más en Finlandia; menos en Egipto o en la India.
Más en Austria, en Hungría, en la Europa central.
Menos, mucho menos, en los campos de concentración del nazismo.
Más en los apartamentos, donde viven solos.
Menos en los conventillos.
Cada día, cada mes, cada año: menos asesinatos que suicidios.

Condenada soledad.
Grieta desnuda de tiempo; ojo del absurdo de todo acontecer.
Punto exacto del sin-sentido que despega de valor y realidad a lo existente, concentrado en un punto de múltiples ausencias, en la concordancia del pasado, el presente y un futuro que ya había sido olvidado.

Y no ha de ser fácil echarse a la muerte.
Imagino el horror del suicida que se proyecta cadáver.
El espanto de la propia mano en la daga que desgarra la vida.
La inmensa tristeza de ser uno mismo y no otro (y no otro el que me busca, y no otro el que me toca, y no otro el que me mata) el último eslabón, el ejecutor final, lógico e inevitable de una biografía con muerte anunciada.

Al menos ya no estarás
para cargar con la rabia
por lo que andan diciendo:
que vos mismo te mataste

“SÍ”, de T. Bernhard, o la paradoja del Sin-sentido Vital
Cuando Thomas Bernhard afirma que “nada es verdad”, no lo hace para cuestionar o vislumbrar lo real desde una óptica diferente, o desde la incertidumbre que allane el camino a nuevas ideas. Más bien, parece rechazar el brutal mundo que le ha tocado en suerte. Y tal falta de sentido parece provenir, también en Bernhard, de la imposibilidad del vínculo con los otros.
En “Sì”, libro inicial de su autobiografía, Bernhard despliega, con tenacidad e ironía, su repulsión por aquellos que lo han dañado.
Sus héroes, tal como el niño que Thomas fue (gravemente enfermo de los pulmones desde su niñez, abandonado por su padre y alejado de su madre para vivir en un pupilato de Salzburgo, en la Austria nazi, en plena guerra), se encuentran solos y en estado de imposible necesidad. Sienten asco por el absurdo de quienes viven existencias normales en un mundo mediocre, con supuestos intereses, cotidianos objetivos y una completa indiferencia o, en el mejor de los casos, desprecio por sus semejantes. Y asisten, con descarnada conciencia, a su propia lucidez acerca del existir en un mundo donde la ajenidad se vuelve insoportable.
El arte, el goce estético, sobre todo la música y la pintura, resultan una verdad pura y, por lo tanto, casi la única cosa real para estos personajes. Constituyen un lenguaje carente de palabras que generen dolor. Un oasis esporádico y nunca suficiente.
Bernhard reitera, a lo largo del texto y sin descanso, palabras, frases y conceptos en el intento de atrapar un significado. Repetición obsesiva que se revuelca una y otra vez en las ideas ya formuladas. Repeticiones que afirman la detención, la nada por hallar, que revelan la absurda y asqueante falsedad. Repeticiones que son, también, rabia, resistencia y denuncia. Que afirman, a su modo, la vida y la lucha por la vida.
Será por eso que, a pesar del horror y del continuo pensamiento acerca de la conveniencia de no permanecer con vida, los héroes del escritor austriaco no se suicidan. Muy por el contrario, deambulan por el relato dueños de una lucidez y una potencia intelectual arrasadoras.
Tal vez la peor adversidad, como apuntaba en los comienzos de esta nota, pueda generar vida de la mejor allí donde existe el germen capaz de verse afectado.
Valga la prolífica y apasionante obra de Bernhard como muestra.

Sigue Girando
Vuelvo a Tochigi, al norte de Tokyo.
De un modo u otro, parece un hecho que en algunas regiones del mundo no sólo aumenta la cantidad de suicidas, sino que ahora se reúnen (y me sigue pareciendo tierno) para llevar adelante su cometido final.
El hombre puede elegir suicidarse, eso es un hecho.
También, en mayor número, escoge la vida y la estabilidad emocional aunque en ocasiones deba, para ello, resignar grados diversos de percepción y lucidez.
Unos cuantos heroicos, finalmente, salen con todo a la arena, a luchar, a crecer, a quebrar el muro, a vivir y a morir.
Mientras tanto, el planeta no cesa en su vuelo extraordinario a través del universo.
Y con él, por suerte, nosotros.

Pablo Resnik

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Bibliografía:
Kurt ... Conversaciones con Thomas Bernhard. Ed. Anagrama
Álvarez A.; El Dios Salvaje, un estudio del suicidio. Ed. Norma
Bernhard Thomas; Sí. Ed. Anagrama
Bernhard Thomas; El Origen: Ed. Anagrama
Di Benedetto Antonio; Los Suicidas. Ed. CEAL
Müller André; Entrevista a Thomas Bernhard; miarroba.com/foros
Murguía Daniel L.; Exploración fenomenológica en 50 casos de intento
de suicidio. Revista uruguaya de psiquiatría; 1967, vol.32

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