domingo, 28 de noviembre de 2010

Dioses y Humanos en Babel

Que lo religioso acompaña al hombre desde que tenemos noticia parece un hecho ineludible. La pregunta es hacia dónde lo acompaña y si tal compañía es necesaria, forzosa o prescindible. Por otra parte, ¿será la fe religiosa una buena compañía? Las diferentes creencias han generado, a lo largo de la historia, tanta intolerancia como solidaridad, tanta crueldad como misericordia, tanta tranquilidad de espíritu como sentimientos de culpabilidad frente al Señor, cualquiera fuera su filiación (la del Señor) y… ¿tantas muertes como salvaciones? Mmhhh.., aquí parece que ganarían las muertes, merced a las incontables persecuciones del medioevo y a las modernas guerras o atentados de raíz religiosa.
Pero hay una consecuencia -y al mismo tiempo causa- de la fe que tal vez sea de mayor peso o gravedad: la dependencia perenne del creyente en un ser –o instancia- superior con capacidad resolutiva sobre su vida, tanto en la tierra como en el cielo. Y, por lo tanto, la postergación de la capacidad de vivir la soledad, la incertidumbre, la propia potencia como herramienta para estar en el mundo.
Quizás sea, la religiosidad, sólo una etapa, un estadio evolutivo del hombre, un camino primero e inseguro, un recurso -desechable en el futuro lejano-, para hacer frente a la vastedad inabarcable de la existencia.
O no. Tal vez representará siempre una opción, dados los casi dos millones de años de evolución del hombre sobre la tierra, en los que jamás, según parece, ha dejado de creer. Y habrá también, entonces, como en todas las épocas, junto a los devotos, quienes no crean. Y, además, no necesiten creer.
Así estamos. Por un lado, fieles practicantes, filósofos teístas, fanáticos, creyentes dominicales y teólogos cargados de pesados manuscritos u objetos rituales; por el otro, científicos de tubo de ensayo y observatorio, ateos, decepcionados e indiferentes. En el medio, aquellos que reconocen el misterio de la existencia y con él conviven, sin cerrar el círculo con respuestas que lo acallen.
Génesis
Entre los estudiosos de la historia de las religiones no caben dudas acerca de la casi universalidad de las creencias en un Ser divino, residente en los cielos, creador del universo y proveedor de vida y fecundidad. A través de las diferentes culturas, de la vida de dioses, muertos, santos o demonios, lo alto se ha constituido en escenario. En sus dominios se ha resuelto, desde siempre, la creación del mundo. El cielo ha sido y es, según parece, el gran inspirador o el receptáculo por excelencia de las intuiciones, temores y sentimientos sagrados de los hombres.
En palabras de M. Eliade, esto es así porque “el cielo es grandioso e inexplicable, su mera contemplación nos produce una experiencia primaria de lo sagrado. La bóveda celeste es lo otro por excelencia, frente a lo poco que el hombre y su espacio vital representan. El simbolismo de su trascendencia se deduce de la simple consideración de su altura infinita y de su inmutabilidad. (...) Lo alto es una categoría inaccesible al hombre en cuanto tal; pertenece por derecho propio a las fuerzas y a los seres sobrehumanos”. Y agrega: “el cielo revela su trascendencia con anterioridad a toda valoración religiosa”. (...) “Su eternidad frente a la efímera vida de los hombres, lo constituye en el ente hierofánico por excelencia” (hierofanía: aptitud de revelar o evidenciar lo sagrado). “Todo lo que en él acontece –la revolución rítmica de los astros, el correr de las nubes, las tormentas, el rayo, los meteoros, el arco iris-, son momentos de aquella hierofanía”.
Padre, perdónalos
La forma de la creencia ha variado de manera notable desde los tiempos prehistóricos hasta la actualidad. Hemos transitado a través de la atmósfera numinosa del animismo y la magia, del politeísmo cuasi terrenal de Roma y Grecia, y de los dioses solares y lunares de las religiones antiguas. Conocimos al Yahvé tiránico de la Biblia, al más que humano Jesús de Nazareth y las sangrías religiosas medievales. Y arribamos, por fin, a este presente, con miles de diferentes cultos, cada cual convencido de la verdad de su propio relato.
Hoy, sin embargo, en esta cambiante era de virtualidades que nos ha tocado en suerte, el objeto de fe parece estar sufriendo, para muchos, un traslado desde los primitivos tótems y los temidos dioses antropomórficos a los que se podía (o se puede, según el caso) hablar y solicitar favores, hacia un “algo” ya no tan definible. Un “algo” sagrado, desconocido, misterioso y, sobre todo, protector, que libere al hombre de esa suerte de desolación existencial en la que está inmerso y, de paso, de la ausencia de respuestas.
En opinión de M. Eliade, la búsqueda del favor y protección de los dioses o del misterio parece haber guiado el desarrollo de lo religioso. Ahora bien, ese “algo”, esa cruz aferrada entre las manos, ¿puede entenderse como una verdadera referencia a la existencia de un dios creador o está más cerca del amuleto protector, de la ilusión de manipular, de alguna manera, al destino? De uno u otro modo, el modelo de dios barbado y consciente que vigila, castiga y protege parece estar perdiendo adeptos, así como ya no reina Zeus en el Olimpo ni Poseidón en los mares. Esto no debería llamar la atención si se consideran las enormes diferencias socioculturales y condiciones de posibilidad existentes entre las civilizaciones que dieron a luz tales cosmogonías y las actuales. Los diversos dogmas han soportado, a través de la historia y como no podía ser de otra manera, los embates de una cultura que cambia. La mirada de la ciencia, mediante sus diferentes disciplinas, entre ellas la astronomía, desde Copérnico y Galileo y la antropología, a partir de la teoría de la evolución de las especies de Darwin (¡aún discutida por algunos en nuestros días!) ha dado por tierra, de manera implacable y progresiva, con los relatos religiosos clásicos. Las verdades reveladas de los libros sagrados, lejos ya de tomarse al pie de la letra, son consideradas como mitos o leyendas que ilustran o simbolizan momentos significativos de la historia más antigua de las civilizaciones. En consonancia con estos hechos, encontramos que, según diversas fuentes, el porcentaje de no creyentes es más elevado en las sociedades modernas que en la mayoría de las civilizaciones antiguas.
¿Hasta dónde seguirá cambiando la relación del hombre con el enigma de la existencia? La bella intriga del misterio se resiste a ser develada. En tanto, la religión la profaniza con relatos explicativos y rituales de este mundo y la ciencia no encuentra (y parece a años luz de encontrar), a pesar del esfuerzo y los avances en el conocimiento positivista, la respuesta final. O inicial.
En el principio fue el Miedo
En el principio fue el… no sabemos, en verdad, ni siquiera, si hubo un principio para el Universo o si, aunque resulte muy raro de imaginar, siempre estuvo ahí. Para los diferentes cultos religiosos es evidente que sí lo hubo y así lo comunican en sus diferentes relatos cosmogónicos, en los cuales una fuerza divina dotada de intención y ella misma eterna, es decir, sin principio (y ahí estamos, otra vez, pedaleando en el barro) crea el mundo, entendiendo por tal el universo todo.
La realidad, de uno u otro modo, parece indicar que la Tierra lleva millones de años girando alrededor del sol, a través de un paisaje de piedra, frío, soledad y silencio. Pero tal desolación cósmica no estaba destinada a durar para siempre. En algún momento, la criatura humana daría un paso más en su derrotero; algo nuevo estaba por suceder:
Región del lago Turkana, Kenia, 1,7 millones de años antes de Cristo
La sabana africana dormía la noche de un tiempo salvaje y sin alma. El viento probaba la resistencia de los escasos arbustos y peinaba, con un susurro, la interminable manta de césped. La tierra, perenne y callada, viajaba por el universo mientras los animales se entregaban, confiados, al reparo del sueño. Sus vientres ascendían y descendían en un ritmo incesante, profundo e igual a sí mismo. No había habido respiración antes, en el principio. No había habido, en esos orígenes, más que líquidos cargados de una potencia maravillosa, sólo increíbles restos químicos provenientes del cosmos; agua, gases y polvo como todo inicio de la vida en la tierra. Restaban cientos de miles de años para llegar, desde aquel caldo inorgánico, al aliento animal; de las primeras formas de vida, unicelulares, al resoplido que hiede, al peso del pelaje, al galope hacia la víctima, a la huída en busca de la remota posibilidad de escape, al aliento detrás, a la muerte para uno y la vida, el olor de la sangre caliente y la carne aún sangrante entre las fauces, para el otro.
Pero el tiempo, implacable, había transcurrido; la vida animal reinaba y, en ese instante, dormía. La mirada de una lechuza brillaba, desde lo alto de un árbol, única habitante de la noche en que cuervos, águilas, y otras aves también se habían entregado, por unas horas, al abrazo del espacio onírico. El cielo, aquella bóveda inexplicable, permanecía vacía, sin más que el brillo oscilante de las estrellas y una luna cuyo destello de verdades celestiales distaba aún milenios de ser sepultado por Galileo.
El hombre era otra criatura dormida a la intemperie de una eternidad que no ofrecía, aún, el tiempo suficiente para comenzar a pensarla. Su mente no se había sorprendido ni había dado forma a razones. Sólo cazaba, dormía y se acaloraba con el sexo, del que no estaba enterado que conducía a la vida. Ocuparía este ancestro, llamado Homo Erectus, la escena africana por un lapso de 1,5 millones de años. Pero una noche, esa noche, estalló una tormenta. Esa noche, bajo el perenne manto de aquel cielo aún vacío de dioses, en medio del silencio de la vida salvaje dormida, en medio de la oscuridad más llana, cayó, desde lo alto, ¡un rayo! La tormenta, en su furia, despertó a hombres y animales; las aves se arremolinaron en busca de escape o refugio. Llegaban, desde las alturas, vendavales de truenos, lluvia y rugidos que lograron, como golpe final a una maduración de milenios, la luz en otro universo, en el cerebro de un hombre que sólo entonces comenzaba a ser hombre. Sólo entonces, cuando entre aterrorizado y sorprendido se cubrió el rostro con los brazos y bramó, al cielo, que se detuviera. Temeroso, confuso, atrapado, parió un grito tan informe como pleno de significación primordial. Casi un ruego dirigido a lo alto, al trueno y a la tormenta, para que se detuvieran.
¡Cielo, Trueno y Tormenta, una primigenia y poderosísima Trinidad!
En medio de la angustia y el miedo, de la incertidumbre y el desconocimiento de las causas de tanta violencia, en medio del desamparo más brutal, ese hombre ancestral, tal vez el Primer Creyente, encontró, sin proponérselo, el Gran Camino (¡haberlo patentado!): adjudicarle al cielo una voluntad y una potencia sobre él y sobre la tierra que habitaba.
Sólo restaba hallar el modo de que esas fuerzas le resultaran favorables.


La religión de las cavernas o ánima,germen de Dios)
“Las leyes del pensamiento sobre las que se fundamenta la magia -nos cuenta J. Frazer en “La Rama Dorada”- son dos. Primero, la ley de semejanza: lo semejante produce lo semejante (magia homeopática). Segundo, la ley de contacto: las cosas que una vez estuvieron en relación física de contigüidad mantienen el poder de actuar de modo recíproco a distancia (magia contaminante)”. El mago actúa bajo esos principios convencido, de manera implícita, de que son leyes universales que ocurren de modo invariable e incluso sin intervención de agentes personales. Es decir, “la magia constituye un sistema de leyes naturales”, dice Frazer, que sólo se diferencia de la física o de la ciencia en general en lo erróneo de sus conceptos, pero no en la aplicación de la regla de causa-efecto. El hombre primitivo necesitaba explicarse el mundo al que había sido arrojado y lo hacía -¿de qué otro modo si no?- a partir de las herramientas y las vivencias con que contaba. Y en ese mundo, “cuando hay un cambio, hay una causa, y donde hay una causa, hay una voluntad: el tiempo que no quiere llover, el río que quiere salir de madre, la roca que quiere o no moverse” (H. Frankfort; “Before Philosofy”, 1954).
Si bien no se tienen certezas acerca del pensamiento religioso del habitante de la prehistoria temprana, las pinturas descubiertas en cavernas del sur de Europa (Lascaux, Tríos Fréres, Montespan), entre otros hallazgos, parecen dar de cuenta de un pensamiento nutrido por el animismo y la magia. Los objetos inanimados se constituían en entidades personalizadas, poseedoras de un ánima, no necesariamente dotada de poderes superiores.
Comenzaba a delinearse una idea fundamental en la historia del hombre: la existencia de una voluntad ajena y misteriosa, que opera en y desde la naturaleza e influencia de manera crucial el mundo propio. El camino desde esa ánima, voluntad previsible correspondiente a un mundo por demás terrenal, hasta aquella única y omnipresente que desde los cielos ordena diluvios, diseña criaturas y prohíbe paraísos, requeriría algunas decenas de miles de años y el desarrollo, en los hombres, de una más compleja capacidad de raciocinio.
Babel, entre el cielo y la tierra
El cielo observaba, esperaba y construía su destino. No se resignaría a una eternidad poblada de negro silencio apenas habitada, cada millones de años luz, por unas pocas galaxias perdidas. Lejos de ello, los planes que lo celeste albergaba para sí mismo comprendían un cosmos colmado de dioses o, al menos, por la omnipresencia de un poder creador único que tomara soberanía sobre todo, pero todo, lo existente. Desde una estatura tan incomparable, ¿por qué no reclamar ese derecho o alimentar tal ambición?
Allá abajo, en la tierra, en tanto, y mientras los ecos del gran diluvio universal aun no habían sido olvidados, los hombres de Sumer, llegados a la Mesopotamia desde las regiones septentrionales del continente, desarrollaban su propia historia. Uno de sus reyes, el poderoso Nemrod, fundaría una ciudad a la que llamaría Bab-el (puerta de Dios).
El tiempo, al menos unos noventa mil años de evolución desde el Homo Sapiens, había transcurrido. La cueva ritual paleolítica se transformaría en torre sagrada y las ánimas de la naturaleza en dioses.
Ciudad de Ur, Sumeria, cuatro mil años antes de Cristo
Según relata la Biblia, los descendientes de Noé levantaron, en la llanura de Shinar, Babilonia, una imponente torre con la ambición de alcanzar, con ella, el cielo. Los tiempos llamados históricos nacían allí y por esas edades, junto a los primeros símbolos cuneiformes de la cultura sumeria. La civilización del cercano oriente no cesaba de crecer. En infinito número los pueblos provenientes de las heladas regiones del norte, de las fronteras del oriente lejano, de la cuna africana o de las islas mediterráneas convergían y se mezclaban en las calurosas tierras situadas entre el mar Mediterráneo al este, el Golfo Pérsico al oeste, y los ríos Tigris y Éufrates al norte y al sur respectivamente. En ese estrecho territorio del Asia Menor emergían la escritura y las primeras leyes, las guerras por territorios o riquezas, la nobleza y las miserias, las necesidades terrenas y divinas. Nacía la cultura.
En la tradición sumeria, la estructura de cada ciudad-templo preexistía en el cielo y guardaba relación con alguna constelación estelar. De este modo, los sumerios las construían tal y como sus dioses lo mandaban. Y en una de ellas, al sur de la actual Bagdad, según la lectura bíblica, dijeron los hombres: “Vamos, edifiquémonos una torre cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéramos esparcidos sobre la faz de toda la tierra.” Y, uniendo la acción a la palabra, comenzaron la construcción de los muros circulares correspondientes a siete torres superpuestas, cada vez más estrechas. En realidad, la llamada Torre de Babel fue levantada, como tantos otros zigurats (torres piramidales destinadas a prácticas religiosas), para honrar a las divinidades sumerias. A partir de la versión bíblica, la torre devino en símbolo de la ambición del hombre –alcanzar el cielo, desafiar a los dioses- así como también de la cólera divina. Pero existía otro motivo no menos importante (e impertinente, suponemos, a los ojos de Jehová), para construir la torre: creyentes pero no ingenuos, los habitantes de Sumer se reservaban la posibilidad de salvarse, merced a la elevada altura de la construcción, de un eventual nuevo diluvio, en el caso de que los dioses decidieran no concederles la gracia de seguir viviendo.
El asunto es que, a Jehová, todo aquello no le gustó. Descendió, vio, y no le gustó. Y dijo: “He aquí que el pueblo es uno y todos estos tienen un lenguaje, y han comenzado a obrar, y nada les retraerá de lo que han pensado hacer. Ahora, pues, confundamos sus lenguas para que ninguno entienda el habla del compañero.” (…) “Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra y dejaron de edificar la ciudad.” (“Génesis”; 11-6/8)
Si bien es cierto que la leyenda de la Torre de Babel le resulta funcional a la Biblia para explicar cómo el mundo se fue poblando y de qué manera nació la diversidad de lenguas a partir de intervenciones divinas, también ilustra el progreso indeclinable de una motivación muy humana, tan humana que es adjudicada, en el relato, también a Dios: la de dominar, hasta donde se pueda, los fenómenos y la muerte, es decir, el destino.
Dice M. Elíade, en su “Tratado de Historia de las Religiones”: “hay religión cuando se reconoce un misterio y se adjudica a seres superiores la facultad de actuar sobre la naturaleza de las cosas, con el poder de modificarlas”. Es decir, el mundo no obedece enteramente a leyes naturales, como en la magia o en la ciencia, sino a voluntades divinas, pasibles de escuchar nuestros ruegos (o no) y premiar nuestras buenas acciones. O no.
Epílogo: incierto camino el de los hombres y los dioses
Nuestro tiempo de evolución es insignificante en la escala del universo. De los 4.000 millones de años de existencia de vida en nuestro planeta, los hombres sólo hemos vivido unos instantes. Desde esa perspectiva, ¿en qué nos habremos convertido en unos pocos millones de años más? ¿Qué aspecto tendremos, si es que aún estamos paseando nuestras ilusiones por aquí? ¿Creeremos en estos mismos dioses o en formas nuevas, ni siquiera soñadas en nuestros días? ¿Habremos cometido el sacrilegio, por otra parte impensable, de resolver el misterio? (¡Oh! En ese caso, ¿qué haríamos después?) ¿Estaremos, quizás, abocados a estudiar con simpatía los viejos mitos de una civilización primitiva, la nuestra, que se desarrolló allá por los primeros 20/25 siglos de la historia?
¡Ah, la vida en la tierra rebosa de cuestiones interesantes! Entre otras, muy placenteras pero que no vienen al caso (o sí) en esta nota, vale la pena asomarse a contemplar la inaprensible noche y disfrutar su grandiosidad y belleza.
Y recostarse contra un árbol y soñar.
Soñar que mi conciencia se hunde en el silencio y figuras humanas arcillosas emergen de la nada. Se mueven en grupos, apenas distinguibles de lo oscuro y uniforme de un universo vacío. Sueño sus flacas y calladas espaldas alejándose, desapareciendo de mi vista –o de mi razón- y volviendo a aparecer más allá, una y otra vez. Espaldas que transitan la noche, fragmentos de un organismo que no logran hallar. Las visiones de mi mente nocturna parecen provenir de todos lados y se difuminan cuando intento aprehenderlas. El zumbido de la noche se tensa junto a la mirada, ahora próxima, de los hombres de arcilla. Mirada calma, lejana, antigua. Pienso en esos hombres cansados de vagar. Pienso, o me doy cuenta, o sueño, al verlos aparecer y desaparecer sin prisa en los recodos de lo oscuro, que son eternos. Y que están perdidos. Existen sin mundos ni dioses ni cielos. El color de su piel es el de la tierra, mas no lo saben porque la tierra no ha sido creada. No sabrán, tampoco, lo que de ellos se dirá cuando el mundo exista, porque no tienen ni tendrán memoria. No recordarán.
Sueño que despierto, me siento frente a mi computadora y, aún bajo el influjo de imágenes de las que sólo persiste un eco, escribo: Dioses y Humanos en Babel (o Arrojados a la existencia).
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Publicado con permiso de revista "El Anartista -cultura contra el bien general-"


Bibliografía / Lecturas de interés

Angela Piero, Angela Alberto, “La extraordinaria historia de la vida”, 1999, Ed. Grijalbo;
Elíade M, “Tratado de historia de las religiones”, 1954, Ed. Instituto de estudios políticos, Madrid;
Elíade M, “Historia de las creencias e ideas religiosas”, 1976, Ed. Piados (1999);
Frazer J, “La rama dorada”, 1890, Ed. Fondo de Cultura Económica (1996);
Heródoto, “Los nueve libros de la historia”, siglo V a. C, Ed. Edaf (1989);
Wendt H, “Empezó en Babel”, 1960, Ed. Noguer (1973);
Zunini Giorgio, “Homo Religiosus”, 1970, Eudeba;
“La Santa Biblia”, autores varios, año incierto.

La Decisión

1

No es fácil ver a través de la espesura.
No es fácil discriminar en la diversidad de elementos similares que se agolpan, se entrecruzan, se superponen, se apoyan unos sobre otros o bien quedan ocultos tras el conjunto.
No es fácil cuando la presencia de un objeto es una sombra, cuando al dar vuelta una página existe otra y otra por debajo, cuando todas ellas acumulan dibujos, columnas, esquemas y palabras; palabras que persisten hasta caer por los bordes, hasta caer sobre otras palabras, hasta perderse en el intersticio de dos hojas o hasta mezclarse entre sí generando nuevos significados, en su mayoría inaccesibles a la comprensión o al recuerdo.
No es fácil contemplar esta ciudad.
Las ramas de un edificio como un árbol se dividen y prolongan hacia el cielo. Oscilan sobre construcciones más bajas y se cruzan con otras de similar dimensión. Parecen tener un peligroso balanceo; hay que ver que se extienden una considerable distancia más allá de su raíz, pero se sostienen, la piedra que las conforma resiste.
La piedra, que también brinda el cuerpo a las edificaciones más bajas, perdidas al ras de la tierra, casi indistinguibles desde lo más alto hasta tanto la vista no se acostumbra.
Desde lo más alto, situación que permite atravesar el cielo sin obstáculos, hasta el giro del horizonte. En medio, el casco macizo y desordenado de la ciudad: un gran peñasco, piedra sobre piedra. Elevaciones irregulares, enormes aglomeraciones de roca, alternan con zonas más bajas, bordeadas por cordones rojizos y negruzcos, por senderos de musgo que se retuercen y vuelven sobre sus pasos, descienden o se elevan, para finalmente perderse en un rodeo, allí donde la ciudad termina.
No es fácil ver a través del cúmulo de este lugar.
Hay que esforzar la vista para distinguir las callejuelas abriéndose paso entre las edificaciones o interrumpiéndose frente a paredes enormes, que descansan a lo largo de varios cientos de metros. Sólidos muros, sin pasajes abiertos a través de su estructura, de modo que no es posible acceder sin dar un largo rodeo.
La entrada a estos edificios es pequeña, a duras penas tallada sobre la inmensidad de la piedra.
Desde el interior proviene un sonido apagado y gris, apenas distinguible del silencio. Los pasillos se multiplican en cada recodo. Cada uno de ellos conduce a cientos de puertas, todas iguales, una muy cerca de la otra.
Tantas, que la vista no logra retenerlas para establecer su número.
Tantas que corresponden, en conjunto, a la vivienda de miles de personas.
Tantas, porque detrás de cada una de ellas habita un solo individuo.
En toda la ciudad, en cada vivienda, un solo individuo.

2

Ella pasea su cuerpo desnudo por la habitación.
Un cuerpo delgado, una aparición que brilla al pasar frente a la pequeña ventana, cuando la luz la alcanza.
Va y viene por el círculo irregular de su vivienda, camina cerca de las paredes, roza un hombro contra la roca. Se asoma una y otra vez a la ventana, mira hacia arriba: el sol, ya llegará a su cenit, ya llegará.
Gira por la habitación casi vacía, lugar que habita desde el último día de la época de los recuerdos. Región de días, semanas, años o edades, llena de voces y rostros que ahora intenta atrapar. Recuerda el primer día de los giros, de las vueltas sin nadie.
Caminar, caminar, alcanzar las voces y las miradas, volver atrás, salir.
Cabello negro y llovido bajo el cielo, sobre la cara blanca, sobre los ojos oscuros que se entrecierran y lastiman en la espera. No ha comido ni ha bebido en toda la mañana, nunca lo hace hasta después de subir.
Permanece así, tal como al despertar, un jirón de lino, tan liviana y vacía.
Una brisa la mueve a observar, otra vez; el sol ya deslumbra sobre la roca y ella corre por el pasadizo que asciende, desde un extremo de su habitación, hacia los cielos; un brazo que cruza en tortuoso camino los aires hasta una altura a la que llega sin aliento.
Por fin: el sol y ella en lo alto. Se aferra con manos y pies en el extremo libre de la torre. Se arquea hacia atrás, resplandece bajo el astro y se transforma en luz.
Una elipse celeste, sobre la ciudad y el mundo.
Ella y los cielos. Suelta con cuidado una de sus manos y se toca el cuerpo, la mano recorre su propio rostro, los dedos se clavan en la carne hasta sentir dolor.
Ella, aferrada a los bordes de la torre, hunde en el infinito una voz.
Otras veces no lo ha hecho, otras veces se ha quedado en silencio.

3

Cientos, miles de puertas.
Un crimen, o cuántos, por cada ser detrás.

4

Está gordo, aunque casi no haya alimentos.
Nada entorpece su energía: habla, habla y, habla.
Habla con ademanes, sin detenerse.

Osí. Osí. Las mujeres balancean sus niños en el parque, los pájaros sobrevuelan. ¡Ah! Osí.
Habla solo, aislado, dentro de su vivienda. Recuerda.
Osí. Mujeres de ojos rasgados, sonrisas, ah, labios que se entreabren. Lo que yo quiero. Osí, osí. Corren, danzan, labios, olores.
Osí. Osí, osí.
Corre y no deja de repetir: osí; osí- osí.
Corre y ríe, corre y grita.
Y se enfurece.

5

La noche nunca llega.
Y luego no se marcha.

6

El juego se desarrolla, siempre y por siempre.
Comenzó en un poblado abierto, pleno de luz. Con el sonido de los niños, con la amenaza de las tormentas, con el trabajo.
Comenzó con la llegada de gente y cada vez más. Siguió, entonces, con más trabajo, con cantos y diversiones, con recreos y miradas y deseos.
Hubo recelo, hubo crecimiento.
Hubo una casa primera y luego más.
Un hombre, una mujer, y más.
Después, todo se multiplicó, porque no podía ser de otra manera.
Pero las noches eran más largas y más oscuras.


7

El canto de una sirena.
O el aullido de un lobo.


8

Osí.
Osí quiere un cuerpo.
Osí-osí.
El dolor de un cuerpo entre sus manos.
Un torso que se derrame.
Quiere que se sangre.
Sostenerlo por las costillas.
Sostenerlo por el hueso.
Mujeres blancas,
Piernas-mujeres.
Osí.
Osí-osí.

9

Nada surge de la nada.
La estructura de la ciudad fue forjada por decisiones, una sobre otra; por necesidades, por ocurrencias, por arbitrios disfrazados de imperiosidad, por omisiones.
Fue creada por la voluntad de muchos y por la ausencia de otros.
Paso a paso, fue creada.
Con la piedra, y un poco la madera.
Con la materia prima del lugar: prados, algunos árboles, sí, pero sobre todo roca, montañas de roca.
Así fue: lo que encontraron lo reprodujeron.
La piedra y un poco la madera.

10

Ale.
Las desoladas calles asisten a su paso ligero.
A su despreocupado andar, al llamado de sus ojos.
Tuerzo por aquí, sigo por allá, hay mucho espacio. Mi ciudad, mi gran hogar.
Delgado, la chaqueta vuela sobre su espalda. Va a pequeños saltos, pero ya menos, está un poco cansado. El aire se vuelve fresco, Ale, hora de volver a casa.
Mamà, hermanitos, aquí llego.
¡Ja!, hoy, otra vez, casi no me crucé con nadie. ¿La mesa ya está tendida? Traigo fideos, todavía queda algún paquete para quien sabe buscar en la ciudad abandonada. ¡Já! Siempre habrá algún paquete. ¿Y en esta otra mano? Un animalito. Siempre queda algún animalito. ¡¡A comer!! ¡¡A comer!! ¡Madre, a lavarlo de sangre, a preparar el alimento!

11

El creador.
No se ocupó de esta región más que de otras y, quizás, en verdad, un poco menos.
No diseñó en este caso la épica de un pueblo que florece, gana su lugar frente a unas costas y soporta con templanza los embates del clima o de los pueblos vecinos.
No fecundó aquí el carácter de un país que llegara a engrandecer con las edades su propio territorio y gobierno.
No se ilusionó, ese día, con una raza capaz de conquistarse a sí misma.
No, no es ésta la nación que se organiza desde la primitiva inmadurez de sus propias fuerzas.
No nacen aquí, para la tierra toda, la trascendencia y el destino.
No en este lugar.
No en esta piedra.

12

El canto de una sirena.
O el aullido de un lobo.
Ella, ya desnuda, se desnuda en el extremo de la torre.

13

Madre, ¿por qué miras así a hermano Ale? Nos trajo animalito

14

Se sobrevive con poco.
Rudy consigue animales, arranca la carne, la corta en trocitos, hasta ya no saber de cuál bicho proviene.
Carne de pájaros, de gatos, de ratas.
La desgarra, junta las pequeñas cantidades, se cuida de que alcance un poco para cada uno; en verdad no comen mucho, no necesitan. Pero él les junta y va y reparte. Y consigue el agua también, el poco de agua que ellos toman.
Rudy no deja de asombrarse de las vagas necesidades de esos cuerpos. Él, en cambio, necesita más alimento. Claro, él no permanece todo el tiempo dentro de su vivienda; sale a diario, camina a través de los restos de la ciudad vieja, camina y la deja atrás para hurgar entre las plantas, entre los árboles, entre las matas y los senderos.
Camina hasta llegar más allá.
Si encuentra, no come ni toma hasta haber juntado para ellos. A veces no hay qué. Entonces trabaja con las plantas. Las macera, fabrica una pasta blanda con agua, engorda el resultado con corteza, con ramas también maceradas. Eso cansa las manos, las daña. Y las fortalece. Rudy tiene grandes y fuertes manos, lastimadas.
La corteza es planta, piensa Rudy.
Es madera, es alimento.
Casi siempre va madera, salvo cuando hay mucha carne
(de gato, de pájaro, de rata)
La madera, la corteza, la rama, van en lugar de la carne.

15

No es fácil dejar de trasladarse al lento ritmo de una tierra ya sin final; salir del día, de la maraña de la selva, de la piedra de la ciudad, de los suelos sin huella. Pero más difícil es permanecer.
¿Qué esperar de un mundo donde el dolor inunda las formas de tal modo que ya no se distingue su presencia?
¿Qué esperar, cuando la carne sangra frente a mis ojos sin previo aviso ni justificación alguna?
Podría subir hasta lo alto de la torre y rasgar Yo su cuerpo, proferir el grito y eclipsar al sol.
Podría girar sin detenerme en uno o en cientos de habitáculos de piedra y convocar en Mí a todos los recuerdos de la época de los recuerdos y antes aún.
Podría arrancar la carne y la madera de los débiles y hacer con ello y con los animales vivos un gran fuego, del cual resuciten y vuelvan a morir aquellos que ya han muerto.
¿Por qué no? Desollaré esta tierra y me quedaré sin nada.
Juntaré garras de nubes hasta desaparecerlas de un bocado.
Volaré la furia antes de acabar con el cielo.
Abriré surcos de mi cuerpo en la piedra del pueblo nacido y creado por mi propia mano.
Destrozaré este universo.
Gritaré mi sangre y el final.
Puedo.
Sólo debo aguardar mi decisión.

El Muro

Hace quince días encontré de pronto, delante de mi ventana, a una mujer que me dijo que le era necesario hablar conmigo. Dijo: Antes de que sea tarde. Le dije: ¿Usted se quiere suicidar? Me dijo: Yo no, pero usted sí.
(T.Bernhard; entrevista...)
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Paradoja de la Muerte y el Encuentro
Desde las novelas “Sí” o “El Origen”, de T. Bernhard hasta “El Dios Salvaje”, de A. Álvarez, pasando por estudios como “Exploración fenomenológica en 50 casos de intento de suicidio”, de D. Murguía, asistimos a la presencia, evanescente, es verdad, de los suicidas existenciales; aquellos que construyen el desolado final ladrillo sobre ladrillo, esos que maduran la irrevocable conclusión a lo largo de meses o años o toda una vida y lo hacen, entre otras cosas, determinados por el intolerable agobio de una dramática vivencia de soledad y aislamiento.
La noticia golpea: “Tokyo.- Al menos siete personas se suicidaron inhalando monóxido de carbono en dos aparentes "pactos de la muerte" ocurridos en la provincia de Tochigi, al norte de Tokio, según informó la policía local. Desde enero del 2003, casi 90 jóvenes japoneses acordaron, por internet, reunirse para acabar con su vida.”
Si el deseo de no vivir comprende, de modo casi necesario, el padecimiento de la separación, el desarraigo y la pérdida de todo trazo vincular, ¿cómo pensar esa muerte prevista y conjunta, pero ratificada y definida en un encuentro, en una situación de vínculo máximo, de intimidad insuperable, de tamaña desnudez compartida en el estrecho espacio del interior de un auto?
Tierno y horroroso: en medio del páramo, se busca la compañía del otro para un más cálido final.
¿Habrá generado, tal comunión de últimos instantes, al menos la incertidumbre acerca de la decisión ya tomada o una dirección nueva en el deseo, hacia el abandono del darse muerte?
Pues no, según parece. A pesar del encuentro, aquellas almas prefirieron de igual modo la muerte, tal vez para descartar el riesgo de seguras nuevas decepciones o por sostener la resolución tomada, en un último acto de dignidad frente a la vida. Dignidad de concretar la afirmación, de producir algo cierto, aunque la cosa fuera el propio final.
En la novela “Los Suicidas” de Antonio Di Benedetto, dos periodistas, un hombre y una mujer, que se conocen al investigar juntos la razón de unos pactos suicidas para una nota en un diario, terminan por formalizar uno entre ellos. Sin embargo, sólo la mujer, Marcela, lo concreta, luego de varios días de encuentro y amor con su compañero. Cuando parecía haber hallado, por fin, un lugar y un afecto, quizás eso mismo le permite resolverse a terminar, a salir del mundo con un bagaje más dulce, con un final más feliz.
“¿Para qué, se decía Marcela, si después moriremos?” Y disfrutaba el cuerpo y el alma de su compañero. Y deslizaba otra vez: “(...) pero en el fondo, no vale la pena”
-¿Cómo para qué?, le pregunto.
- “El encuentro debería asegurar algo”, podría, si estuviera con vida, responder ella. -“Ojalá eternizara el todo, que apenas dura un instante”

Sin embargo, ya lo sabemos: el instante no alcanza a remediar lo perdido y el mundo sigue girando.

Condenada soledad
¿Por qué no el suicidio? Tal y como están las cosas, la propia permanencia individual en el mundo concierne cada vez menos a los dioses y más a los hombres, y se encuentra sometida a tensiones que, para algunos, resultan difíciles de tolerar o, sin más rodeos, se evitan, mediante drásticas decisiones. Podríamos adjudicar a esos factores sociales de presión la responsabilidad sobre el incremento de los suicidios; a la realidad de que nuestras vidas pueden, por un lado, ser tomadas con mayor facilidad desde afuera, ya por una enfermedad que castigue nuestra entrega al placer, o por un gobernante (en el peor sentido de la palabra) foráneo que nos decrete un final en masa, o por uno nacional e impopular (populares no hay más, pero es lo mismo) que elija para nosotros una cotidiana miseria.
Sin embargo, en medio de catástrofes, situaciones de amenaza, pobreza u opresión, la tasa de suicidios, lejos de aumentar, desciende. El estado de peligro fortalece los lazos de unión entre semejantes. Diluye, así, la soledad existencial y la vivencia dramática de desarraigo que, según parece, no encuentran competencia en su formidable poder de convicción, en lo que a convocar adeptos al retiro voluntario se refiere. Pasen y vean:

El suicidio es más frecuente en los países ricos e industrializados.
Más en profesionales de clase media que en obreros.
Más en Finlandia; menos en Egipto o en la India.
Más en Austria, en Hungría, en la Europa central.
Menos, mucho menos, en los campos de concentración del nazismo.
Más en los apartamentos, donde viven solos.
Menos en los conventillos.
Cada día, cada mes, cada año: menos asesinatos que suicidios.

Condenada soledad.
Grieta desnuda de tiempo; ojo del absurdo de todo acontecer.
Punto exacto del sin-sentido que despega de valor y realidad a lo existente, concentrado en un punto de múltiples ausencias, en la concordancia del pasado, el presente y un futuro que ya había sido olvidado.

Y no ha de ser fácil echarse a la muerte.
Imagino el horror del suicida que se proyecta cadáver.
El espanto de la propia mano en la daga que desgarra la vida.
La inmensa tristeza de ser uno mismo y no otro (y no otro el que me busca, y no otro el que me toca, y no otro el que me mata) el último eslabón, el ejecutor final, lógico e inevitable de una biografía con muerte anunciada.

Al menos ya no estarás
para cargar con la rabia
por lo que andan diciendo:
que vos mismo te mataste

“SÍ”, de T. Bernhard, o la paradoja del Sin-sentido Vital
Cuando Thomas Bernhard afirma que “nada es verdad”, no lo hace para cuestionar o vislumbrar lo real desde una óptica diferente, o desde la incertidumbre que allane el camino a nuevas ideas. Más bien, parece rechazar el brutal mundo que le ha tocado en suerte. Y tal falta de sentido parece provenir, también en Bernhard, de la imposibilidad del vínculo con los otros.
En “Sì”, libro inicial de su autobiografía, Bernhard despliega, con tenacidad e ironía, su repulsión por aquellos que lo han dañado.
Sus héroes, tal como el niño que Thomas fue (gravemente enfermo de los pulmones desde su niñez, abandonado por su padre y alejado de su madre para vivir en un pupilato de Salzburgo, en la Austria nazi, en plena guerra), se encuentran solos y en estado de imposible necesidad. Sienten asco por el absurdo de quienes viven existencias normales en un mundo mediocre, con supuestos intereses, cotidianos objetivos y una completa indiferencia o, en el mejor de los casos, desprecio por sus semejantes. Y asisten, con descarnada conciencia, a su propia lucidez acerca del existir en un mundo donde la ajenidad se vuelve insoportable.
El arte, el goce estético, sobre todo la música y la pintura, resultan una verdad pura y, por lo tanto, casi la única cosa real para estos personajes. Constituyen un lenguaje carente de palabras que generen dolor. Un oasis esporádico y nunca suficiente.
Bernhard reitera, a lo largo del texto y sin descanso, palabras, frases y conceptos en el intento de atrapar un significado. Repetición obsesiva que se revuelca una y otra vez en las ideas ya formuladas. Repeticiones que afirman la detención, la nada por hallar, que revelan la absurda y asqueante falsedad. Repeticiones que son, también, rabia, resistencia y denuncia. Que afirman, a su modo, la vida y la lucha por la vida.
Será por eso que, a pesar del horror y del continuo pensamiento acerca de la conveniencia de no permanecer con vida, los héroes del escritor austriaco no se suicidan. Muy por el contrario, deambulan por el relato dueños de una lucidez y una potencia intelectual arrasadoras.
Tal vez la peor adversidad, como apuntaba en los comienzos de esta nota, pueda generar vida de la mejor allí donde existe el germen capaz de verse afectado.
Valga la prolífica y apasionante obra de Bernhard como muestra.

Sigue Girando
Vuelvo a Tochigi, al norte de Tokyo.
De un modo u otro, parece un hecho que en algunas regiones del mundo no sólo aumenta la cantidad de suicidas, sino que ahora se reúnen (y me sigue pareciendo tierno) para llevar adelante su cometido final.
El hombre puede elegir suicidarse, eso es un hecho.
También, en mayor número, escoge la vida y la estabilidad emocional aunque en ocasiones deba, para ello, resignar grados diversos de percepción y lucidez.
Unos cuantos heroicos, finalmente, salen con todo a la arena, a luchar, a crecer, a quebrar el muro, a vivir y a morir.
Mientras tanto, el planeta no cesa en su vuelo extraordinario a través del universo.
Y con él, por suerte, nosotros.

Pablo Resnik

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Bibliografía:
Kurt ... Conversaciones con Thomas Bernhard. Ed. Anagrama
Álvarez A.; El Dios Salvaje, un estudio del suicidio. Ed. Norma
Bernhard Thomas; Sí. Ed. Anagrama
Bernhard Thomas; El Origen: Ed. Anagrama
Di Benedetto Antonio; Los Suicidas. Ed. CEAL
Müller André; Entrevista a Thomas Bernhard; miarroba.com/foros
Murguía Daniel L.; Exploración fenomenológica en 50 casos de intento
de suicidio. Revista uruguaya de psiquiatría; 1967, vol.32

Camino al cementerio

Yo pensaba que la cárcel era peor. A uno siempre, antes de conocer, le parece que estar encerrado no se soporta. Pero, la verdá, se está tranquilo. A la mañana me levanto sin nada que me apure, sin nadie que me hable, me pida cosas o me diga lo que tengo que hacer. La ventanita con barrotes da hacia el campo, se pueden ver las casas, los árboles y los sembrados linderos a los lugares por los que yo andaba. Es una celda para mí solo, cuatro paredes, un colchón y me traen de comer cuatro veces al día, já. Eso sí, hace mucho calor, el aire no se mueve y ni siquiera se asoman los bichos entre las grietas del techo. En mi casa al menos había un ventilador.
Yo no tengo problema, que se tomen el tiempo que quieran. Ese cadáver que buscan, les dije que miren atrás de la casa del viejo, entre el trigo. Tuve que decirles que fueran a mirar ahí, si no, no me dejaban tranquilo. No sé por qué están tan seguros de que yo lo hice. Que sospechen también de él, del viejo.

Hacia el oeste hay un camino polvoriento, más vale un sendero. Sale del pueblo por un costado, pasa por el cementerio y sigue hasta terminar en la quema. Lo bordean árboles altos. Incluso desde la celda se pueden ver sus copas frondosas, que dan mucha sombra en verano. El camino lleva solamente a esos dos sitios, pero si uno se va para la izquierda y camina un poco llega a la casa del viejo, un rancho aislado y medio perdido, ahí por donde ralean las chacras y empieza el campo.


Las calles del mediodía habían sido despojadas de vida por la fuerza de un sol que brillaba sereno, como si nada hubiera ocurrido. La señora cruzó con pasos cortos y ligeros, los labios apretados, la vista clavada en la vereda. Con una mano se sostenía el cabello, que se le venía a la cara. Llegó a destino y tocó el timbre. La puerta se abrió y allí, claro, estaba la madre. Que quiso decir buenas tardes, pero no la dejaron.
–¿Está su hijo?, preguntó, sin siquiera saludar.
(Yo soy el hijo. Atento, en mi cama, a través de la puerta cerrada.)
-No, no está, ¿qué pasa?
(Mamá no le quiere decir que duermo a esta hora)
-¿Y mi hija? ¿Está con él? ¿Usté la vio?-.
El mechón le tapa el ojo derecho, se aguanta el llanto y escupe la voz como puede. El hijo escucha inmóvil entre las sábanas, en su cuarto de paredes peladas donde nunca ha colgado alguna cosa, ni siquiera un espejo.
-Dicen que ayer la vieron con él. Por allá atrás -señala con el brazo hacia el campo, sin dejar de mirar al frente.
-Yo no sé (mi madre suena asustada). ¿Por qué, pasó algo?-
–Que mi hija no vino, desde ayer que no vino -responde la otra madre-. ¡Traigaló a ése, su hijo, mejor que lo traiga ahora mismo! –dice, mientras se sacude las lágrimas-. -¿O no sabe que ya una vez que estuvo con él la nena me volvió toda golpeada?
(La ventana, me tendría que escapar por la ventana. Mentira que la golpié, yo no hice nada, a ella le gustaba… ¿Y cómo que desde ayer no volvió? Si yo la dejé ahí donde estábamos, toda blanda, relinda, pálida, tirada entre el trigo.)
-¡Cállese! El hijo mío qué va’cer si nunca se trata con nadie, ¿no sabía usté? Yo que sé (mi madre está a punto de llorar), busquenlá, ya les va a aparecer –dice, mientras las lágrimas le saltan y se ladea para cerrar la puerta-. Vuélvase a su casa; esa chinita suya, también..., vaya a saber en qué anda -le masculla por lo bajo, mientras se seca unas lágrimas con el dorso de la mano y mira, de costado, la habitación del hijo.
-¡Escondaló si quiere, que voy a venir con la policía!
Una madre se encierra en su hogar; sus ojos ni se atreven a mirar hacia el cuarto del hijo. La otra, en la calle, encara el pueblo en busca de ayuda.
Puerta del cuarto cerrada. Silencio. Se queda quieto, abrazado a la almohada y con la cara contra la pared, como dormido, por las dudas. Prefiere ni salir a almorzar. Si no me ve, mamá no se va a animar a entrar acá a preguntarme nada. Mejor dormir.


Otra vez el timbre. La mano angustiada de la madre toma el picaporte.
-¿Qué es lo que está diciendo?, -pregunta, desencajada, frente a la puerta de calle abierta a medias, con el repasador en la mano y los cabellos pegados a la frente por la transpiración. Como si no fuera suficiente con el calor del verano, una nube de vapor la sigue desde la cocina, donde hierve el agua de los fideos; ya falta poco para almorzar.
-Su hijo, señora, calmesé, se tiene que venir con nosotros a la comisaría, está acusado de homicidio.
Salgo de mi cuarto a comprobar lo que oí. Mi madre, pálida, me mira para que le diga algo. Pero no abro la boca, qué le voy a decir. El policía me agarra el brazo y me lleva a la vereda casi alzado, como si yo fuera un extraño, como si no me conociera de acá del pueblo, como si no nos cruzáramos por la calle todos los días. Entre lágrimas, mi madre amaga interponerse, pero el cana la planta en el lugar con un gesto.
En la calle el sol me pega de lleno en los ojos. Medio encandilado veo a los vecinos, vecinos de toda la vida, con los ojos clavados en los míos, me miran raro, como enojados, pero no me sostienen la mirada. Parece que les diera miedo, no me saludan ni dicen nada. El cana de bigotes me empuja y yo los miro por encima de su hombro. Todos los ojos en silencio sobre mí. No les da vergüenza estar viéndome como si fuera una cosa. Me miran y no les importa nada, ni lo que pienso, ni lo que pasó, si es que pasó algo. No les importa mi vieja, que está ahí en la puerta llorando, no les importa nada. Lechosos asquerosos. No va a faltar alguno que corra a contarle a mi padre en cuanto el auto arranque y me lleve. El de bigotes se me sienta al lado y el otro se pone al volante, parece que ya nos vamos para la comisaría.
Justo antes de salir miro hacia la casa de enfrente, la de mi otra chiquita. Tiene la persiana baja, pero seguro que está ahí detrás, vichando por entre las rendijas. No sale porque estuvimos juntos y supone que todos lo saben, o capaz tiene miedo de que se den cuenta, de que se enteren de nosotros, con más razón ahora, que me lleva la policía. No es bueno haber estado con alguien que se lo llevan, y menos acá, en este pueblo chico. Pero capaz no le importa, capaz ahora se entusiasma más todavía, hay chicas a las que les gusta estar con tipos así. Ésta es medio rara, ya me di cuenta desde el principio. Pero ahora va a tener que esperar a que me suelten, pero total, si algo le sobra es tiempo, que empezó de pequeñita, la pequeñita. Si no hubiera venido la cana a buscarme, capaz que en un rato estaba rumbeando para el campo con ella.


Linda tarde, las nubes flotan despacio, gordas, blancas, rozagantes. Una de ellas se detiene frente al agujero que hace las veces de ventana de la celda. Tal vez sea la misma de aquél día en que, como era habitual, escapó de su casa, con el sol de antes de las doce pegando de lleno. Había pedaleado unas buenas cuadras antes de echarse de espaldas sobre el trigo, a un costado del camino.
Ahí me gustaba, quedaba bien oculto por la altura de las espigas, ni manera de que me vieran. Mi padre, si alguna vez hubiera querido salir a buscarme, habría vuelto a casa con las manos vacías. Justo desde esa posición lo vi venir al viejo por primera vez.
Era un mediodía agobiante cuando contempló, por entre las plantas de cereal, la espalda flaca del viejo que se alejaba hasta perderse. El viejo le caía natural al sendero, demasiado natural. Parecía un árbol seco, o el camino mismo, puesto a andar. Su cercanía lo inquietaba, le daba miedo. Entonces se lo imaginaba bien muerto, tirado entre los árboles, con las moscas meta volarle encima, seco y duro, como cuando se moría un perro o un gorrión.
En un par de minutos se le perdió de la vista sin haber notado su presencia, tan bien oculto se encontraba entre el sembrado. La nube, por el contario, se mostraba reluciente, suspendida justo arriba de él y a la vista de quien quisiera. Era tan blanca y brillante que los pocos bordes grises que mostraba lo entristecían. Pero él se sentía atraído, casi hipnotizado, por las bullas inmaculadas plenas de luz. La miraba tan fijo que olvidaba incluso dónde se encontraba. Y el silencio del campo, con el siseo de la brisa sobre el trigal, parecía elevarlo hasta empaparse de nube, hasta quedar suspendido en ella. Ahí mismo, sin dejar de mirarla, se quedó dormido.


Desde siempre, toda la vida, que yo recuerde, el viejo se cruzaba el pueblo hacia el mismo lugar: la carpintería de mi padre, donde trabajaba. Mi padre lo trataba bien, a veces hasta se le arrimaba para hablar, le daba un par de indicaciones y después, prontito antes de volver para el fondo del taller, le preguntaba cómo andás. A mí, que yo recuerde, nunca me preguntó cómo andás. Yo, de chico, lo veía enorme y de mirada mala, agresiva. Lo observaba sin que él me viera, escondido entre los tablones de madera apilados por todos lados. Yo a veces me pasaba la tarde ahí, si alguien se daba cuenta no me prestaba atención. A veces él me descubría, ahí abajo, agachado, y me clavaba los ojos sin cambiar la cara ni decir nada. Yo me quedaba medio asustado, medio no sabiendo si estaba enojado conmigo, si le molestaba que estuviera ahí o si no me había visto. Como él siempre estaba pensando en alguna otra cosa, aunque hubiera cruzado la mirada con vos, nunca sabías si te había visto o no.


Mi padre.
Alto, pelado, siempre nervioso, con una panza en forma de huevo apretada por el cinturón negro de cuero. La hebilla del cinturón era de metal, pesada. Y dolía.
-Si no vas a venir a trabajar, tenés que estudiar, -me decía-. Y si no, no sé, jodete, quedate por ahí nomás, morite de hambre, a mí que mierda me importa. Y vos, mujer, dejalo, no le pasa nada, ya es así, no te querés convencer.
-Pero mirá que..., -intentaba mi madre.
-No me jjodasss -le siseaba él, con los dientes apretados, el puño cerrado, un vaso con vino en la otra mano y el tufo a alcohol, cigarro y comida flotando entre los dientes.
-Me voy a la carpintería. Dejalo, que se pierda, que ande por ahí, que haga lo que quiera, a mí que me importa. Que se pierda, dejalo.
Y la mujer lo dejaba, porque parece que no había nada que hacer. Y el padre salía nomás, rumbo al bar o a la carpintería, a ocuparse de sus asuntos.

Una vez, en la carpintería, mi viejo estaba enfurecido, no me acuerdo por qué. Me pasó por al lado cuando yo, para variar, estaba escondido entre dos montones de madera. Le quise decir algo porque pensé que venía contra mí, pero apenas abrí la boca pegó de repente y con todas sus fuerzas, con un listón que traía en la mano, sobre una pila de maderas justo al lado de de donde yo estaba. El ruido fue terrible y otro hombre que trabajaba en la carpintería se vino de un salto porque sabía que yo andaba por ahí y creyó que mi padre me había matado de un golpe. De un golpe seco y rápido, para no fallar, para que no se le escape. Como a una cucaracha.


El viejo.
Se despertaba cada mañana en una habitación casi de tierra, junto al parco ladrido de sus perros. Ellos le caminaban en círculos apenas habría un ojo, pero él no les prestaba atención, no les regalaba una mirada siquiera. Saltaba de la cama de un solo movimiento para clavarse en el piso como un cuchillo, flaco, tenso, firme y descalzo sobre el suelo. Apuntaba de perfil contra el calor, al emprender el camino.


Yo.
Toda la vida dormí como un animal. Me desmayaba apenas al acostarme para abrir los ojos, como quien vuelve de la nada, por la mañana. Pero con todo este asunto comenzaron los sueños. Es curioso, desde que estoy encerrado no volví a tenerlos y puedo dormir mejor, como Dios manda, diría. Eran sueños raros. Primero estaban los cuerpos, de olor a tierra seca, muertos, con los rostros hundidos por los golpes. Había uno distinto cada noche, tirado sobre el polvo, en medio del sendero. Con el cadáver a mis pies, yo barría con la mirada todo alrededor: el comienzo del camino, allá donde termina (o empieza) el pueblo, los sembrados a izquierda y derecha, el brillo caliente y ondulado, apenas visible, de la ruta, y más allá, apagado por la distancia, el ladrido de unos perros. Los rostros de los cuerpos, por lo poco que se podía distinguir, me resultaban desconocidos. Al tiempo la cosa cambió: había una completa oscuridad, oía gemidos rítmicos y uno y otro y más golpes secos. Había olor a transpiración y a sangre. Yo sentía los brazos cansados y me dolían los nudillos. Después, los golpes paraban y de nuevo el silencio. Yo buscaba un rostro entre mis puños, o debajo de mí..., pero nada.
Me despertaba angustiado e inquieto. No sé si estos sueños serán algo común a mi edad. Aparecieron, creo, poco después de que el viejo flaco me encontrara con ella que ahora está muerta y a mí, desnudos en el trigal. Todavía me parece escuchar el revuelo de trinos. Hay por aquí montones de pájaros pero, en mis sueños, ahora, se escucha nada más el silencio. Salvo por los perros, que no dejan de ladrar.


Dormir.
Ya es la mañana y golpean la puerta de la celda, le gritan levantate, hay visita. Se despierta confuso. ¿Durmió toda la noche, o, por el contrario, la pasó en vela, con los ojos abiertos, pensando… o recordando? Ve la boca de ella que ríe, hay sangre en un labio y en un hilo de piel clara, la habré mordido; se ve plácida. Y ve al viejo, ¿qué hace ahí con nosotros, aparecido de la nada?


-Hijo, ¿no vas a recibirme?, el rostro de la madre, una tristeza, lo saluda; pesada puerta del encierro se ha ocluido detrás.
-¿Alguna novedad de ella?
- No, hijo, no aparece -casi que lagrimea, no lo mira, se frota el muslo con la mano-.
Él la contempla (que raro verla parada acá en medio de mi celda y no en su cocina, frente a las ollas)
-Te van a sacar, hijo, porque no encuentran nada.
(¿Nada...? ¿Pero cómo?) –Que busquen en lo del viejo, tiene que haber sido él (quiero que venga mi padre),…creo.
La madre se inclina aun más y reprime una pregunta en medio del sollozo.
-Mi padre, que venga, quiero hablarle,
- No (tu padre se avergüenza, no quiere verte) -ella niega con la cabeza- hijo, no sé…
-Que venga.
-No, hijo, dejalo, ya sabés cómo es.
-Si no viene, no diré nada.


Con el pecho vacío por el dolor, la mujer desanda las pocas cuadras hacia su hogar contra el silencio de los vecinos, que se interrumpen al advertirla. Su hijo tiene algo para contar, la vida se le hunde.


La cárcel.
La nube no se ha disuelto ni se ha marchado. Por el contrario, jamás ha dejado de estar presente y encierra, entre sus canales, burbujas y remolinos, las imágenes de todo lo ocurrido. Incluso ha permanecido allí, con él, frente a la pequeña ventana, para asistir a la visita, obligada, del padre.
-Padre, así que ha venido a verme.
El padre se acomoda la cintura del pantalón y aguanta en silencio, junto a la puerta, más cerca del agente que los acompaña que del hijo. Mira, inquieto, a uno y a otro.
El hijo (padre, cuánta ansiedad, ¿qué ocurre?) se aproxima y le susurra al oído, rozándole un poco la piel con los labios:
-Pude haber sido yo. O no, no lo recuerdo.
-Ahí, donde nos mandaste a ver, en lo del viejo, no hay nada –le informa el policía, complacido con la prolongación del misterio-. Nadie ha visto nada, no hay cuerpo, la tierra removida sólo ocultaba huesos de perros. Ni siquiera al viejo lo encontramos. Así que agarrá tus cosas nomás –le señala la puerta con el mentón-, t’estás yendo, quedás libre.


El padre se ha marchado solo y rápido para el taller, sin mirar hacia atrás. La madre ha preferido esperar a su hijo dentro de la casa, con el almuerzo -seguro que sustancioso, como es costumbre, a pesar del calor que no afloja-. La prisión se abre para dejarlo ir.


El sendero.
Anda con paso liviano, el pasto ha crecido bastante y está todo mucho más verde. Sale del camino para cruzar los sembrados (no han buscado bien. Seguro fueron y miraron la casa y alrededor de la casa nada más, no buscaron en la parte de atrás, más allá, por donde no queda nada).
La luz escasea, el sol ya atraviesa la línea del horizonte en su viaje de cada día hacia nuevas regiones. Las formas abandonan su nitidez diurna y se agregan al aire para esconder su presencia.
El rancho vacío del viejo, apenas visible, queda atrás. El campo es la noche, una oscuridad coronada por el zumbido de miles de chicharras que jamás se dejan ver.
El trigo se tuerce a su paso, cada vez más lento por la penumbra. Por fin, entre una mata de arbustos, encuentra lo que busca. Sus ojos sonríen al vislumbrar los cuerpos del viejo y la niña, golpeados y lastimados, uno junto al otro, desnudos y lejos de todo.


Silencio.
Se aparta del lugar y se deja caer de espaldas sobre el suelo. La nube blanca, única señal de su presencia, flota justo arriba.
Tal como siempre, sin dejar de mirarla, se queda dormido.

Pablo Resnik

Volar

Be empinó la petaca de whisky hasta que la última gota cayó sobre su lengua desplegada. El viejo, resignado, abrió las manos como diciendo “se acabó nomás”. Be tiró la botellita a un costado y miró a través de la ventana hacia la noche. El viejo era el encargado del edificio y en su departamentito de la terraza se reunían, desde hacía un tiempo, a tomar y hablar. Los dos vivían solos y estaban solos. Emborracharse juntos, que la primera vez le había resultado a Be un poco deprimente, comenzaba a ser algo que disfrutaban de verdad.
-Puedo volar –le dijo Be, con la vista aún perdida en la oscuridad del cielo.
En realidad, podría decirse que todavía no se conocían demasiado. Sólo se habían contado, hasta ese momento, unas pocas cosas de la historia de cada uno. Así que el viejo no se extrañó mucho por no entender el comentario.
-¿Qué? –le preguntó-. ¿A qué te referís?
-A que puedo volar. Volar –Be le hizo el gesto de mover las alitas-. A veces, de noche, vuelo sobre la ciudad. Sobrevuelo todo y veo. Veo lo que pasa en las casas, veo a la gente.
-A ver…, vos lo que me estás diciendo es que eso te lo imaginás, que te ponés a pensar en la gente, en lo que pasa allá abajo...
-No, José –lo interrrumpió Be-. Lo que te digo es que vuelo. Tengo el poder de volar, de volar de verdad.
El viejo trató de despabilarse. El whisky lo tenía medio mareado y el rumbo de la charla le exigía un esfuerzo. Aún así, si hubiera quedado un poco, hubiera echado otro trago, la ocasión lo merecía por demás. Miró de reojo la petaca vacía, tirada al lado del sillón, y pensó en la botella de vodka que quedaba en la alacena. Pero para eso había que levantarse y no tenía la menor intención.
-Be…, si estás pensando que puedo tragarme esa pavada…
Pero Be permanecía serio y su mirada, que no se apartaba de la del viejo, no mostraba señales de ansiedad por convencerlo de nada.
-Mmmhhh, -masculló el viejo al darse cuenta-. Hermano, no es que no me encante lo que decís, lo de volar y todo eso, sería muy bueno, pero estás un poco loco, me parece.
- Oíme bien, puedo ver, escuchar y entender. De noche, cuando vuelo, comprendo cosas de las que ni me doy cuenta durante el día. A veces comprendo, de una sola mirada, cosas enigmáticas u ocultas desde hace mucho. A veces entiendo cosas ajenas. No me mires así. Volé muchas veces, saliendo de esta misma terraza, mientras vos dormías, después de haber estado juntos tomando unos tragos.
-Oíme vos, macho –el viejo se inclinó hacia delante, tratando de no errarle a las letras, porque era importante sonar serio. El catre, sobre el que estaba echado, chirrió-. No siempre me duermo cuando te vas. Muchas veces me quedo despierto para ver qué hacés. Vos te preocupás por mí, que vivo solo en este departamentito en la terraza, yo me doy cuenta. Venís a charlar y a chupar, pero también a ver cómo estoy, ¿no? Y yo me preocupo por vos, que vivís solo, metido en un departamento dos pisos más abajo y que te quedás agarrado de esa baranda, medio en pedo, cuando pensás que yo me dormí, también medio en pedo. Yo estoy un poco viejo, pero me alcanza todavía para vigilarte que no te matés. Te veo muchas veces ahí, hermano, y siempre me da miedo de que te tirés. Pero creeme que nunca saliste volando, por suerte. Nada más te quedás ahí parado, con los ojos cerrados, un rato largo. Ahora veo los disparates que se te ocurre pensar en esos momentos –el viejo meneó la cabeza-, menudos pedos te agarrás, ¿eh? Pero no, nunca duermo cuando te quedás ahí afuera. No me duermo hasta que te vas de la terraza.
-Veo todo –retomó Be, como si no hubiera escuchado nada de lo que había dicho el viejo-. Vuelo sobre el silencio de la noche y veo un nene tironeado por la correa de su perro bóxer, y veo una mujer que entra a la calle por la esquina, feliz con su bebé en brazos, con una sonrisa desprovista de todo lo demás, mientras una paloma desciende entre las mesas de un bar con un aleteo tenue, sin llegar a posarse. Puedo seguir segundo a segundo su aleteo, ¿me entendés? La mujer sonríe, el perro tironea y da saltitos, la mujer no deja de sonreír y camina hacia el bar. Atrás aparece el marido, contento, la paloma desciende aún entre las mesas y una brisa refresca todo mientras la luna nadie sabe dónde está. Salvo yo, que la veo cuando vuelo muy alto hacia la profundidad del cielo. La veo y a veces me tiento con seguir y seguir hasta perderme en ella, hasta dejar que me trague.
Be hizo una pausa y el viejo miró hacia la alacena, como con la intención de ir a rescatar el vodka. Pero el viento abrió de par en par la ventana y Be, atraído ahora por una visión más amplia del cielo, continuó.
-De noche hay como una música sobre la ciudad, que no siempre es buena. A veces es dolor y a veces es oscura, una mancha que no me deja ver más allá. Pero en seguida me doy cuenta de dónde proviene: una familia de cuerpos que duermen mientras su suerte flota y emana por las ventanas de la casa como una neblina de barro y cenizas. Y mientras la nube mantiene su oscuridad la ciudad hace luces y sombras, y por las calles se desplazan autos y por los cielos otras almas que viajan, como yo. Y hay también zonas de alegría que huelen a verde mojado. Como la mujer que ríe y se aleja, por ejemplo. Como la paloma que picotea y el nene que acaricia al perro. Los árboles mueven sus ramas, la noche gira sobre sí misma y yo, a veces, perdido en mi travesía, recuerdo la terraza y busco regresar.
El viejo se había parado y servía dos vodkas. Calientes, nomás, porque el hielo se había acabado. Estás reloco hermano, pensaba.
-Pero el vuelo es cierto, -prosiguió, como si hubiera escuchado el pensamiento de José-. Vos me ves ahí parado junto a la baranda, pero es sólo mi cuerpo. Yo estoy más allá, volando. Y lo que veo lo veo con mi alma que vuela, efectivamente, sobre la ciudad. -Be hizo una pausa-. -Si algún día me ves caer, no es que me tiré, es que no volví.
Entonces dejó de hablar y José, el viejo, se quedó mudo con el vaso en la mano. No era momento de decir nada, pensó. Era mejor escuchar a su compañero, pensar, tratar de entender. Hasta el día de hoy no me había parecido que Be fuera ningún loco -se dijo mientras echaba un trago-. Be se levantó y apoyó una mano en la pared para no caerse. Después, al sentirse más estable, encaró hacia la terraza.
-Vení, vamos afuera –le dijo.
-¿Afuera? Macho, no estarás pensando en hacer alguna pelotudez, ¿no?-.
-No. Vení conmigo.
Salieron a la noche. El viejo miró la terraza vacía y luego la oscuridad del cielo. Unas estrellas prendían y apagaban su brillo y a José se le antojó que otros seres los llamaban desde planetas lejanos. Miró entonces a Be, mientras caminaba a su lado en dirección a la baranda, para comprobar que no se hubiera dado cuenta del disparate que se le había ocurrido.
El murmullo de la noche crecía a medida que se acercaban.
-Agrarrate con las dos manos y cerrá los ojos, le dijo Be.
El viejo le hizo caso.


Pablo Resnik

Imposible

bsolutamente imposible. Por más que le buscara la vuelta, no había manera de rezarle a nadie. Él, el mismísimo Dios de los Cielos Futuros y Señor de las Cosas aún Inexistentes, sentado frente a su almuerzo recién servido, sin sospechar ni por asomo la naturaleza de su propia e impar identidad (como suele suceder con quienes son grandes de verdad) ni tan siquiera intuir, en sueños o premoniciones, el extraño destino al que se encontraba sujeto, descubría en Sí Mismo el deseo de contar con un ser superior, el anhelo de una imagen a la que adorar, de una voluntad perfecta, de una presencia que lo guiara, lo protegiera y a cuyos designios someterse.
¿Por qué no habría de sentirse así, solo y un tanto compungido, si nada existía y nada había existido, a no ser por Él Mismo y su sencilla casita-cúspide?
Tal vez lo que necesitaba fuese, en realidad -aunque Él ignorara o no se hubiera puesto a pensar en estos posibles motivos-, algo más simple y comprensible: una compañía, un alivio para su ya casi eterno aislamiento. O, quizás, el origen de su inquietud fuera más complejo: la necesidad de un Algo que lo explicara, de una historia, de una posibilidad o hipótesis, de un principio o de una traza de luz y sentido que le permitiera entender su propia existencia.
Imposible. Miró, aburrido, a través de la ventana de la cúspide, mientras exageraba un bostezo. Sin novedad. Lo rodeaba la misma completa nada de cada día o, para ser más exactos, la misma completa nada de siempre, ya que el día y la noche aún no habían sido creados.
Pues bien, las cosas estaban así, tal y como las escucháis: no había tiempo ni sol ni tierra ni giros planetarios. Y no existían los mundos y no existía el aire y no existía el vacío.
¿Desde cuándo permanecía Nuestro Señor en esa soledad, en ese limbo, en esa existencia recortada de dato extraviado, de potencia huérfana, de ángel caído? Pues ni Él lo sabía. Y si Él no lo sabía, creedme, pues entonces nadie, ya que nadie más existía.
De tanto reflexionar acerca de dichas cuestiones, el Divino se angustió un poquito. Enjugó unas lágrimas con el dorso de su mano, a la que luego sacudió, y éstas volaron lejos. Vio, con asombro, cómo estrellaban su vuelo unas contra otras para luego deslizarse a través de un espacio sin cuerpo ni límites. Y ese espacio, capaz sólo por milagro -aceptad, por favor, dicha posibilidad-, y sólo en ese mero instante, de entrar en contacto con algo, devino, merced a la fusión con los lloros divinos, en un azul oscuro e inmenso englobado por un zumbido total, profundo e inaudible.
Aturdido por la novedad de los cielos y del silencio, el Uno giró en su silla para buscar, idea absurda, una explicación en derredor. Y si bien nada encontró, unas cuantas gotas de sudor, que de su brusco giro se desprendieron, volaron sin resistencia hasta manchar de plata refulgente, aquí, allá y acullá, la inacabable noche.
Bueno, ¡quién lo hubiera imaginado!, hechos muy extraños acudían, de modo repentino, a distraer su prolongada soledad. Excitado e incrédulo, daba cortos y nerviosos pasos de un extremo a otro del bonito y sencillo living de su hogar-cúspide, en procura de poner algún orden a sus ideas. Al menos un poco de orden, se decía, sería perfectamente bienvenido, dado el caos en el cual, sin comerla ni beberla, me encuentro inmerso. No me quejo…, no me quejo…, no es que me queje -decía para Sí, ¿para quién otro si no?- que bastante aburrido me encontraba. Pero bueno, hay que ver cómo demonios abarajo esto que se viene.
Se detuvo entonces y, afirmándose con ambas manos en el alféizar de la ventana, vociferó: -¡Pues que se haga también la luz, ya que estamos!-. Pero nada ocurrió.
-¡¡Dije que se haga la luz, carajo!!-
Y nada, nada de nada, así que arrojó con violencia y en cualquier dirección más sudor y también saliva –deberíais haberlo visto, puesto a girar a toda velocidad en su silla-, además de nuevas lágrimas proporcionadas por una ira creciente, para ver qué pasaba. Pero nada, otra vez nada.
Es que el Señor de los Cielos ignoraba no sólo Su propio lugar en el orden cósmico, sino también algunas cuestiones básicas y esenciales como, por ejemplo, que ese instante del espacio y del tiempo correspondía a la recién nacida Noche, a la primigenia y rudimentaria Oscuridad. Entonces, más allá del esfuerzo realizado, no era el momento para que una fuente de luz se hiciera presente, ni para que el primer día, el primero de todos los días que vivirían en el universo, comenzara a escenificar por siempre la ficción del tiempo y el juego de los ciclos, las edades y las horas. Sólo mucho después, al despertar luego del sueño, podría apreciar los resultados de aquella, en apariencia, furiosa y estéril faena nocturna frente a la ventana. Pero no os apresuréis, ansiosos diablillos, ya llegaremos, más adelante, a ello.
-¿Nada más podré hacer, sólo un tonto decorado de nubes y estrellas? -se preguntaba Nuestro Señor, poseído por una comprensible excitación, y ponía nombre así, de paso y sin darse cuenta, a dos de sus recientes creaciones celestes-. -¿En qué cambia mi vida con esto? –prosiguió-, continúo aquí, rodeado de la misma pequeña mesa, la misma silla de toda la vida, mi cama, siempre deshecha, ¡y esa maldita ventana que no da a ningún lado salvo a esas recientes nubes y estrellas de las que me cansaré, a no dudarlo, en menos de lo que canta un gallo, para el caso de que en algún sitio existieran los ridículos gallos! (os señalo aquí, en maldita ventana, la referencia que hace el Señor, en medio de Su proverbial y bien conocida furia, con seguridad por vez primera, a la existencia del Mal, Su futuro e imperecedero oponente en la conquista de las almas)
-Heeeyyy, holaaaaa, -proseguía-. -Ya no doy más, necesito escuchar otra voz.
El buen Dios, con el torso por completo fuera de la ventana, gastaba buena parte de sus energías en un tremendo grito, mas la persistente noche le regresaba sólo silencio y resignación.
Un nuevo bostezo le reavivó el deseo de sumergirse en el olvido o, al menos, en el consuelo del sueño. Ya se introducía en la cama cuando, quizás por su tibieza, por la suavidad de las sábanas o por el dulce abrazo del colchón, su pensamiento volvió sobre el deseo de un dios al que adorar y seguir. ¿Sería capaz de crearlo al despertar, mediante el empleo de Sus nuevos y raros poderes o habrían sido estos un fenómeno efímero, una suerte de vívida fantasía de la que pronto no quedarían rastros? Ya fueran las cosas de uno u otro modo, se dispuso a un buen descanso para luego, con nuevas fuerzas y mente despejada, intentarlo.
-¿Y cómo sería este dios? –se preguntaba, ya bien arropado, mientras miraba el cielorraso con ojos soñadores-. -No tengo idea del aspecto de alguien que no fuera yo. Habrá de ser entonces, por fuerza, parecido a mí. ¿De qué otro modo si no? Lo haré robusto y no muy alto, de fuertes huesos y largos cabellos. Además, tendrá una cabeza soberbia, como la mía, y una expresión poderosa, o mejor aún, ya que estamos –se entusiasmó el Creador-, todopoderosa.
Si bien los sucesos recientes parecían un juego (aunque os cueste creerlo, Dios no sabía con exactitud, ni mucho menos, lo que había hecho. Muy por el contrario, el Eterno suponía que sus habilidades eran meramente decorativas y, sus productos, nada más que una suerte de dibujos o pinturas muy especiales) resultaba mucho mejor que la Nada, reflexionó. Y en medio de tales cavilaciones, cansado y entusiasmado como un niño, comenzó a quedarse dormido.
Las horas del sueño fueron una fiesta de imágenes enredadas a sus ilusiones; entre ronquidos e inquietos giros sobre Sí Mismo que a diestra y siniestra desarmaban el lecho, desfilaron rostros y formas cambiantes, múltiples figuras más o menos parecidas a Él, pero que habitaban un mundo bello, suspendido y esférico, pleno de extraños paisajes y de colores jamás vistos. Verde, Rojo, Amarillo, Azul y Blanco se combinaban y superponían en diversas formas y daban lugar a una variedad armoniosa e inabarcable. Las figuras humanas (le gustó la nueva palabra: humanas. Sugiere algo blando y misterioso, pensó) erraban con expresión de desconcierto por un Nuevo Mundo que se desplegaba más y más allá a cada instante. Los hijos de sus sueños, de diversos aspectos, tamaños y habilidades, cobraban vida bajo el resplandor de una amarilla e inmensa bola de fuego suspendida en lo alto, que fuera a saber uno de dónde diablos (¿Diablos? ¿Dije diablos? ¿What could be that?, se interrogó a Sí mismo con sorpresa, una vez despierto y al recordar lo soñado, sin notar, ingenuo y distraído como era, que además acababa de inventar, como si tal cosa, una nueva lengua).
El despertar lo inundó de sensaciones: perfumes de flores, olores de animales, vientos, sonidos lejanos y lluvias que derramaban voces desconocidas.
-¿Por qué tanta cosa? –se preguntó, asombrado y divertido-, yo sólo, en verdad, quería procurarme un dios.
Pero mucho había ocurrido en su sueño y las reminiscencias del mismo, demasiado tangibles, lo invadían en plena vigilia. Como en una visión, se presentó ante Sus ojos la imagen de Sí abocado, en duro trajín, a delinear una forma humana con la oscura substancia que cubría la superficie de aquel extraño planeta de sus sueños. (¿Planeta? ¡Qué día tengo hoy! También muy bonita palabra…, planeta…, pla-ne-ta –ok, también silabeamos, rió-. ¡Me encanta la palabra planeta!)
Pero el caso es que, como podéis daros cuenta, Su ansiado dios no afloraba por ningún sitio, y aquellos humanos y los diversos animales soñados no parecían dar con el supremo perfil que imaginaba.
-¿Seré capaz de dibujarlo o formarlo de manera que sus ojos brillen como los míos y como esas estrellas que me distraen e iluminan a través de la ventana? Entre paréntesis, en cuanto pueda me abocaré a inventar las cortinas-.
En tanto, la luz del cielo nocturno, ya toda una novedad en sí misma, viraba con ligereza a un brillo más claro y potente. Dios, con la cabeza hundida en su mullida almohada, aún no terminaba de despabilarse del todo, de emerger con esfuerzo de la noche más curiosa que hubiera tenido, cuando el brillo de un sol imparable, la bola de fuego de sus sueños, lo aplastó, enceguecido y aterrado por aquél fenómeno desconocido, contra el respaldo de la cama. Una de sus manos, cubierta de barro, recién entonces lo notaba, se alzó para protegerle los ojos.
Ya más calmo, y en medio de un atisbo de comprensión, pudo apreciar el abrazo del calor sobre su cuerpo. En seguida, tieso de fascinación y temor, se encaminó hacia la ventana. Allí afuera, en medio de una luz dorada, bullía el mundo que Él había creado. Lo contempló con alegría, orgullo y congoja. Era un mundo bello y pleno de vida, pero sin el dios de sus anhelos.
Se retiró de la ventana, corrió las pesadas cortinas recién concebidas y se dispuso a descansar.
El tiempo había comenzado.

Pablo Resnik

Trenes

Ve, con los ojos bien grandes, sentado a la mesa entre su padre y su madre, cómo el vaso vuela por el aire, describe un semicírculo rociado de gotas color sangre oscura y se estrella contra el piso.
Siente en su cara, en la de su hermano -un poco mayor que él- y en la de su madre, las salpicaduras.
Ve a su hermano agacharse para evitar que una flecha de vino lo atraviese, en su trayecto hacia el piso. Mira como recupera la posición, sentadito derecho y callado, con la vista en el plato.
No es la primera vez que el padre, borracho, revolea una copa, vaya a saber si por rabia o torpeza. Lo ve caer de la silla en el intento de evitar mancharse, lo ve en suelo entre insultos de voz arrastrada y entrerisas húmedas de alcohol, que patinan sobre la mueca tensa de su madre.
Su madre: en seguida mira a sus hijos con la pretensión de que no pasó nada, cuando el esposo todavía se revuelca y el vaso no termina de caer.
Mira el vino desplegarse en lo alto y venirse a pique para alcanzar el piso de baldosas en un estallido de cristal y ropas manchadas. Las astillas de vidrio danzan como polillas de hielo y cristal frente a sus ojos.
Miedo: el padre se levanta a duras penas, las mejillas enrojecidas y cuarteadas, y tira la silla contra la mesa. Un vaso de jugo cae sobre el mantel de plástico.
Naranja de jugo, bordó de vino y astillas de cristal toman la forma de un conejo grande y pesado. Conejo de mirada roja que se balancea frente a sus ojos.
Ve al padre dejar una nube púrpura en la manga de su camisa, al limpiarse la cara con el brazo. Lo escucha gritar qué mierda miran; lo mira encarar, tambaleante, el pasillo rumbo al dormitorio matrimonial. Allá va, a echarse en la cama.
Silencio. La madre limpia el piso, el conejo salta por la ventana y deja una estela de colores, el hermano no se mueve ni levanta la vista del plato, como siempre. Y eso que es el más grande.
Mientras le llega el vaho del vino derramado, siente la mano de su madre que le acaricia la cabeza al pasar, antes de agacharse a estrujar el trapo. Sabe que ella, luego de lavar los platos, les dará un beso en la mejilla a cada uno e irá a acostarse con su padre.
Es la hora de la siesta.

Abre la puerta del frente y sale al jardín. Todo quieto. Ni pistas del conejo.
Su casa está sobre un terreno elevado, una especie de terraplén. Desde ahí puede ver las vías del tren y una gran extensión de campo, salpicada de vez en cuando por algunas casas. El día es soleado y el aire no se ve de tan celeste.
Se sienta al borde, donde el terreno ya empieza a caer de golpe hacia las vías, a esperar que un tren aparezca. El que viene de la ciudad llega desde la izquierda; siempre aparece de repente en la curva, entre los árboles, a toda velocidad. Es un poco lejos, ero él ve cómo se agitan agitarse las plantas a un costado, y ve a los árboles retorcer las ramas y estirarlas a más no poder en dirección a las vías. Los árboles se ponen desesperados, piensa. No pueden hacer otra cosa que quedarse ahí, aunque a veces alguna rama logra meterse en medio del vértigo de los vagones, que la desflecan, la enganchan, la arrancan y se las llevan. También ve cómo las demás ramas lanzan gorriones y algún que otro canario salvaje a volar como locos al lado del tren, felices en el viento y la velocidad.
La tromba de máquina, vagones y pájaros pasa justo frente a él, en dirección al túnel, y desaparece.
Entonces otra vez el silencio. Tanto silencio que el tiempo no se mueve.
Por donde mire el viento ladea los trigales, pero él no lo siente en la cara. Sí le llegan gritos y gemidos desde su casa, que le incendian el paisaje de sierras y silencio.
El hermano está allá dentro, no sabe dónde, si en su habitación o todavía sentado frente a la mesa. No sabe, porque él siempre sale y el hermano se queda.

Esta vez explotó el sifón contra el piso. Esta vez la madre no pudo sonreír, al principio. Después sí, como si el sifón no importara, como si su hermano no hubiera tenido un pedazo de vidrio clavado en la pierna, como si su padre no hubiera revoleado un plato contra la ventana apenas escuchó el intento de llanto o miedo de sus dos hijos, que entonces se quedan mudos. Esta vez no hubo conejo ni madre que acaricia la cabeza.

Escucha los inaudibles pasos de su hermano sobre el césped, a sus espaldas. Se da vuelta y ahí está, parado, apenas fuera de la casa, mirándolo.
Vuelve la vista hacia las vías, a la espera del tren que viene del campo, de donde no hay nadie. Esa parte es árida, se lo ve venir desde bien lejos, aunque tan silencioso que a veces ni te das cuenta.
Mira para atrás otra vez y el hermano está ahí, parado a sus espaldas.
Sentate, le dice.
No me digas lo que tengo que hacer, yo soy más grande que vos.
Pero se sienta con cuidado en el borde.
Mirá, ahí viene el del campo, le dice.
A lejos se ve la locomotora, apenas distinguible entre el aire y los campos amarillos y verdes. Pero se viene, piensa.
¡Y ahí viene también el otro!, le dice el hermano.
¡Qué raro dos juntos!
Dan vistazos rápidos hacia uno y otro lado.
A ver cuál llega primero.
Él apuesta al que viene de la ciudad, al que arremolina plantas y pájaros.
El hermano al que viene del campo, al que viaja sin sonido.


Los gritos, las voces del padre y de la madre, llegan justo hasta el borde del terraplén.
Habría que irse más lejos, pero le gusta ver los trenes desde ahí. Aunque habría que irse igual, a donde no se escuche.
Los gritos se apagan, ya se habrán dormido.
O es que entre el ruido de los dos trenes, entre la succión del aire, entre los vientos que se mezclan y golpean entre las dos formaciones, se esfuman los gemidos de este mundo.
Ven con la boca abierta cómo los trenes, a máxima velocidad, se cruzan justo frente a ellos. Un caos de ruidos y colores nace del cruce increíble. Escucha voces que se llaman, risas, pasos de chicos o jóvenes que corren por el campo, luces de fiesta y música altisonante. En una fracción de segundo es alcanzado por indicios de historias, por vidas diferentes, por mundos desconocidos. ¿Es posible que esas gentes existan y que la mágica coincidencia de los trenes a toda velocidad, en ese punto preciso frente a ellos, justo ese día en que su hermano salió, las revele? ¿Será un mundo fugaz, uno que nace y muere en lo que dura el cruce, y por eso las voces excitadas por vivir toda una vida en ese fragor, ya que dejarán de existir cuando los vagones recuperen su sentido? De repente ve al conejo que salta del techo de un vagón a otro, y de un tren a otro, y con los ojos más rojos que nunca parece invitarlo a zambullirse con él al espacio entre las vías. Del encuentro de los trenes no dejan de surgir burbujas y rayos; los pájaros y los restos de plantas arrastradas asoman y se pierden; toman diferentes formas de bosques arremolinados. El conejo reaparece semioculto por las hojas, luego en una ventanilla o volando detrás los pájaros, en seguida entre las ruedas, en medio de las chispas del metal, y desde ahí, con las patas blancas alrededor del hocico le grita qué esperás, es ahora. Asustado, se vuelve hacia su hermano que señala hacia los trenes, sin hablar, con la boca abierta.
Se miran y, con el aliento contenido, vuelven en seguida la vista hacia los trenes, que ya se separan y alejan. Cuando desaparecen, cada uno en su horizonte, se largan a hablar los dos a la vez:
-La próxima hay que tirarlo ahí adentro a papá.
-La próxima, cuando vienen, nos paramos ahí en el medio y no nos ven más.
-¿Qué?, se preguntan, uno al otro, los dos juntos.
-¿Tirarlo a papá?
-¿Pararnos nosotros ahí?
-Sí. Lo arrastramos dormido y lo tiramos y listo...
-....
-...los trenes se lo llevan.
-Mejor vamos nosotros, que nos lleve a nosotros.
-No. Yo ahí no me meto ni loco.

Silencio. Los trenes persisten en sus diferentes destinos: segundos más tarde ya no se los ve. El cielo se calma, se sacude el ruido, despeja los vientos, vuelve a ser quieto y celeste. Reaparecen graznidos y cantos aislados.
Los hermanos dejan las vías a sus espaldas y enfilan para la casa. Luego de dar unos pasos, como si se hubieran puesto de acuerdo, hacen una pausa y vuelven las cabezas.
Callados, dan unos pasos más y abren la puerta.

Pablo Resnik

El Otro

Maldito carro. Justo ahora, cargado de leña y comida, se le viene a quebrar una de las ruedas. Justo cuando faltan pocas horas para llegar al refugio y esperar tranquilos a que amanezca.
El camino estrecho de tierra y polvo no puede representar mejor a los dos hombres que se lamentan su suerte. El carro está roto, no se puede seguir.
Ni soñar se puede, aunque sólo fuera llevar lo necesario a sus familias, llegar cansado y echarse en su sillón a tomar algo caliente, piensa uno de los hombres. Su mirada va de Pedro, su compañero, al vehículo repleto, para perderse luego en el presente, en el que convergen los tiempos de pobreza y un futuro que se estrecha hasta no quedar de él más que el eje trasero, quebrado, de la carreta.
La caída del carro sobre uno de sus laterales interrumpe el camino. De todos modos , difícil que alguien fuera a pasar por ahí cuando ya viene la noche. Pedro y el otro se resbalan y caen a cada esfuerzo por reponer la rueda dañada. Sobre el sonido del viento, los pájaros se llevan la luz del final del día y los hombres se vuelven negros y grises en la penumbra.
Demasiado peso, demasiado esfuerzo. El carro no se mueve un centímetro. Se miran cansados y, por ratos, desfallecen. A veces se duermen unos segundos para reponer fuerzas. Sin embargo ahí están en seguida, empujando otra vez. Y otra y varias más. ¿Deberían parar y abandonar el carro?
Pero ellos vuelven a empujar. Aprietan los hombros contra la pared del carro, inclinada hacia la tierra. Ya no se gritan aliento ni buscan razones a la ausencia de buenos resultados. Sólo empujan en silencio. Hay que seguir, porque en casa los esperan las familias.
Pedro, mientras empujan la pared lateral del carro por millonésima vez, cae y queda atrapado debajo de la rueda. La rueda va y viene sobre su muslo cuando el otro empuja con todas sus fuerzas, sin ahorrarle a ninguno de los dos el sonido del hueso que se astilla.
Ya se imagina, como en un sueño, las preguntas de los chicos y las mujeres: ¿qué pasó? ¿Qué le pasó a Pedro? ¿Y dónde está el carro?
Mira a Pedro, lo escucha gritar y se desespera. ¿Cómo hacer para sacarlo de ahí abajo?
Pedro gime de dolor y no hay manera; parece que ya se muere. Nunca había visto el carro desde la tierra, piensa Pedro. Nunca había visto, tampoco, su pierna inmóvil y quebrada debajo de una rueda. De esta no salgo, acá quedé, quién lo hubiera dicho.
El otro se aprieta contra la rueda. Intenta moverla por no quedar inútil, por no tirarse a llorar encima de Pedro. Si tuviera una cuchilla cortaría esa pierna de raíz y habría que arreglárselas después con el borbotón de sangre, pero ya sería algo.
Noche cerrada, Pedro está inconsciente. Parado contra la rueda, el otro mira el cielo: hay luna llena. Una luna de leyenda, roja y enorme. Lo único que falta es que aúllen los lobos, piensa. Bañado por esa luz, en medio del silencio y el camino y los bosques en sombras, se siente él mismo un lobo, un animal deformado en hombre. Si fuera lobo no necesitaría empujar cada semana este maldito carro, piensa. Y podría, se le ocurre, comerme la pierna de Pedro, que igual va camino de ser nada más que carne, y así podría sacarlo de ahí abajo. Y, en todo caso, mucho mejor morirme un día por un balazo de plata y no así, como el pobre Pedro. ¡Haceme Lobo hija de puta! -le grita a la luna, ¡haceme lobo y llevate lo que quieras, pero dejame sacarlo de ahí! Y se deja caer sobre el amigo, lo abraza y llora y repite por lo bajo: haceme lobo, haceme lobo hija de puta, por lo que más quieras haceme lobo. Y contra toda lógica, de la nada, empieza a rugir; ruge, vocifera, aúlla. Levanta la cabeza y los ojos amarillos acuchillan la noche. Pedro, entre la muerte y la rueda, con el dolor suspendido por la visión de su amigo transformado, pide para él mismo la magia de lobo que que lo libere del hombre.
El otro escucha todo: más allá de los bordes del camino nacen y mueren ruidos veloces, de ratas, víboras y pájaros. Su pecho, bañado por la luz roja de la luna y apoyado contra la rueda, hace fuerza para estallar. Se agita y siente que las costillas le empiezan a ceder. La fuerza de lobo lo empuja: corre y se mete en la oscuridad que los rodea. Salta ramas, hojas, charcos y piedras. Mientras corre ve una rata entre las hojas, escucha un cuis que se escapa por entre unos troncos caídos, ve una oruga en la rama de un árbol. Ataca a un carpincho. Lo mata. Se lo devora. Levanta el hocico y huele: el viento trae olor a agua, a tierra húmeda, cerca debe haber un arroyo donde calmar la sed. Pero de repente huele otra sangre; no es la del carpincho. El rastro lo devuelve junto al carro. Aparece, confuso, el recuerdo: sangre de hombre, un amigo se muere. Encuentra a Pedro inconsciente, atrapado debajo de la rueda. Hay que descuajar la pierna para sacarlo: los colmillos se clavan en el muslo y sacude la cabeza con violencia. Hay que conseguir el crujido, terminar de quebrar el hueso. Entierra más el hocico y tira y sacude. La resistencia cede; lucha y gruñe con los jirones de piel, carne y tendones que todavía agarran la pierna al cuerpo. Por fin, en medio de un sacudón la pierna queda libre, atrapada entre sus colmillos. Pedro sigue inconsciente. El pobre tiene la piel muy blanca por la hemorragia, parece que en cualquier momento fuera a evaporarse. El otro le arranca la ropa de una hocicada y le aplica un torniquete. Pedro para de sangrar. El otro se lo carga encima y se lanza al trote por el camino, corta camino por el bosque, corre y no para, ruega llegar a tiempo para que el nuevo Pedro, el de una sola pierna, sobreviva.
Llegan de madrugada. Los chicos y las mujeres se aterran al verlos. Deja a Pedro en el suelo para tomar un respiro y otros hombres se lo llevan.
Ya en su casa, mientras una buena comida se calienta en las ollas, aparecen las preguntas. De golpe toma conciencia de su boca ensangrentada, de su ropa destruída, del dolor de los músculos. Se da cuenta de que la pesadilla que lo ayudó a salvar a Pedro continúa. Se recuesta en su sillón frente al fuego. Una nueva vida, piensa, mientras se va quedando dormido.


Pablo Resnik

Las Nu

-Man, vení, mirá, ¿esas son?
Fernando me clava el codo en el costado, pero casi ni me doy cuenta, o me doy cuenta pero mi cabeza está en otra cosa, en la misma cosa que la de él, así que no conecto como para contestarle.
-¿Son esas man?, vení, mirá –insiste-.
Es que estábamos todos a la expectativa, desde hacía un par de semanas, porque se supo que estaban por desembarcar en el colegio dos nuevas e ilustres alumnas: las Nu y Eve. Sí, Nu y Eve, de la tele, las mellicitas del Nueve. Y el día había llegado. Las Nu, como ya les decíamos para acortar un poco, estaban en cuarto, pero las íbamos a poder ver en el recreo.
A Fernando lo conocí acá en el Newbery hace uno par de meses, nada más. Habíamos venido a parar a este colegio junto con unos amigos ya empezado el primer trimestre. Es que nos habían echado del Moreno. Bah, en realidad no llegaron a echarnos, nos recomendaron con fuerza la renuncia. Un compañero nos había denunciado por una joda que le hacíamos: de vez en cuando lo agarrábamos como si fuera un tronco, entre tres o cuatro, y lo balanceábamos a través de la ventana del primer piso hasta que le quedaba la cabeza y medio cuerpo más afuera, mientras cantábamos se va para abajo, se va para abajo. Todo bien, no pasaba nada, pero un día se nos aparece en el aula, en medio de una clase, la rectora con los dos preceptores, dos chabones caretas con los que traíamos una relación un poco tensa, digamos. Se paran frente a la clase, lo llaman a Cardozo, el de la ventana, y uno de los preceptores le dice: señalá quienes fueron. Y el hijo de puta nos señala al Turco, a Dizzy, al Rolo y a mí. ¡No lo podíamos creer! Si Cardozo no nos caía mal; en realidad nos resultaba bastante simpático, lo agarrábamos a él porque era liviano y chiquito, nada más. Es verdad que había que correrlo porque no quería dejarse atrapar y cuando lo teníamos pataleaba un poco, pero después no decía nada, jamás se nos hubiera ocurrido que podía molestarle tanto como para acusarnos así. Pero al final resultó que sí, un pálido el loco. El asunto es que nos llevaron para rectoría, nos cagaron a pedos, nos recordaron que estábamos sospechados de haber puesto arena en el carburador del auto de uno de los preceptores dos meses atrás y nos exigieron la renuncia. Yo creo que no nos echaron de una porque no éramos malos alumnos y porque se habrán dado cuenta, cuando hicimos nuestro descargo, que a Cardozo un poco lo queríamos, no se lo hacíamos de mala onda. Además, sabían que éramos chicos sanos, buena gente. El asunto es que nos obligaron a irnos del Moreno; un garrón porque estábamos desde primer año y era un cole copado, pero al final resultó que nos hicieron un favor increíble. Creo que habría que hacerles llegar a los dos amargos esos la info de que la estamos pasando genial. A Cardozo no; en un punto lo entendemos al loco, no le tenemos rencor. Pero igual podría habernos dicho.
El asunto es que a lo pasado pisado, había que poner manos a la obra. Entre los cuatro analizamos la situación: cuando te echan de los colegios normales tenés dos opciones: Newbery y Sobremonte, dos reductos privados pero que costaban poca plata y recibían con las puertas abiertas no sólo a expulsados sino también a repetidores. Hay que aclarar que al Sobremonte, por alguna oscura razón, van más los expulsados que los repetidores; es como un poco más denso, la cosa está más concentrada, viene a juntarse ahí la pulpa del asunto, es un nivel más abajo en el inframundo. Luego de prolija evaluación decidimos no ir directo a capas tan inferiores y elegimos el Newbery, justo enfrente del Parque Rivadavia, turno noche. Al Sobremonte lo dejamos como opción de reserva, por si nos llegamos a tener que ir también de éste: del Jorge Newbery, colegio con buena reputación entre los locos conocidos. Nos terminó de convencer un dato fundamental que nos batieron por ahí: los dueños eran unos hermanos abogados, unos tales López Rey, bastante truchos, que si te quedabas libre de faltas les pagabas una tarifa y te reponían otras quince. Las veces que fuera necesario.
El Turco no vino con nosotros. Él había recibido un especial pedido de renuncia indeclinable. O sea, todos teníamos que irnos, pero el más. Es que era pendenciero, le encantaba cagarse a piñas. Bastaba que alguien lo mirara más de lo que él consideraba aceptable para que, si estaba en un día malo, se le acercara a provocar la discusión. Entonces, de la nada, sorprendía con un primer y único golpe, una piña que te acostaba y ya está, la pelea había terminado. Si justo te habías distraído te lo perdiste, cosa de la que te lamentabas por lo menos el resto de la semana, porque una piña del Turco era digna de verse. Pobre Turco, él nos había contado un tiempo antes, mientras caminábamos a la salida del cole, que estaba loco porque su novia, Laura, lo había dejado, y cagarse a piñas era lo único que lo ayudaba a sentirse mejor. Cada vez que se armaba y lo veíamos acostar a uno (insisto: piña impecable) nos daba lástima, hoy la debe estar extrañando un toco, pensábamos. Pero las autoridades no se enteran de las angustias de sus alumnos. Así que lo tenían entre ojos y a la primera oportunidad, que resultó la de Cardozo, lo conminaron a que se las tome. El asunto es que se decidió por el Sobremonte porque se daba cuenta que lo de Laura lo seguía matando y entonces, ya que lo rajaban del Moreno, prefería asegurarse un colegio como pintaba el Sobremonte, con más margen de maniobra.
Primer día (primera noche, en realidad) en el Jorge Newbery: nomás entrar ya estábamos encantados. Había una variedad, una riqueza humana, casi una vanguardia, te diría, de la que no teníamos idea que pudiera existir. Para empezar, colegio mixto. Imaginate: veníamos del Moreno, colegio del Estado que también era una maza pero un poco rancio y, detalle principal, sólo de hombres, puro olor a huevo. Y acá era mixto. ¡Mixto! Era una palabra inalcanzable, un agujero a otra dimensión. Y era verdad, era mixto, había chicas, muchas chicas que, encima, habían elegido el Newbery, pero el Newbery turno noche, encima, no se si me explico. Venían a ser un seleccionado de chicas, Las Leonas, ¿me entendés? Los recreos eran un paraíso psicodélico: el patio interno asaltado por mujeres. Mujeres por todos lados: hablaban, se cagaban de risa, te miraban, algunas usaban las polleras re-cortas, otras la camisa blanca con un botón de más abierto que te mataba, dos colitas, cola de caballo, pelo suelto, dientes blancos, ojos pintados, pestañas como abanicos, ojazos, ojos rasgados (había un par medio orientales) cintitas en las muñecas, grupitos, solitas, otras en charla con algún loco contra una columna; un shopping. Y en el medio nosotros, que no teníamos idea de cómo se trataba a una chica adentro de un colegio. Estábamos desesperados.
Del Moreno llegamos el Rolo, Dizzy y yo. Con el Turco perdimos un gran valor, aunque sentíamos cierto orgullo de tener un delegado en el Sobremonte. No es que hubiera ánimo de reemplazarlo, pero en el Newbery nos encontramos, entre otros, a Fernando, que venía del Belgrano Schule. Este loco era de otra especie. Lo habían mandado a estudiar un año a Estados Unidos para que cortara una relación que venía teniendo con una profesora, cuando él estaba en segundo año. ¡Quince años tenía el loco en ese momento! Para nosotros -chicos de barrio que decían loco, chabón, y no man, que ya empezaba a gustarnos más-, eso era una de ciencia ficción. Además, los padres y el hermano estaban mal de la cabeza, pero mal de verdad. Será por sobrevivir a todo eso o por lo que sea, pero el loco, además de estar loco, iba a otra velocidad, siempre un paso delante de nosotros y con una mente que era un motor fuera de borda. Ya el primer día, en el recreo, se acercó al grupete de inmigrantes que formábamos Dizzy, el Rolo y yo, me ve encender el walkman y me encara: ¿Qué hacés man? ¿Ustedes son nuevos, no? Sí, empezamos hoy, le contesté. Bienvenidos, man… ¿disculpame, ese walkman te anda? Sí, le digo. ¿Seguro te anda bien, man? Sí, sí, anda, anda bien, le contesté, ya medio divertido y sin entender mucho, lo tengo hace repoco. A ver, dejame, insistió mientras me agarraba los auriculares y se los ponía. Qué loco, sí, anda, dijo con cara de sorprendido. El mío no me anda. ¿Este es amigo tuyo?, me preguntó en seguida mientras señalaba con un gesto a Dizzy, que estaba ahí al lado nuestro, tan cerca de mí como de él. Dizzy, que tenía una inteligencia como un cuchillo, se cagó de risa detrás de esos anteojos enormes, de marco grueso, que nunca se sacaba. Sí, le dije, venimos todos del Moreno. A ver, prestame el tuyo, ¿a vos también te anda?, le dijo a Dizzy, y ya le estaba desenganchando el aparato del cinturón, porque ahora necesitaba no sólo ponerse los auriculares sino examinarlo un poco. Sí, este también anda, anunció mientras le daba vueltas al aparato con la mirada muy concentrada. Es muy fuerte esto, men, ¡el mío es el único que no funciona! El Rolo, que no podía más de placer con la escena, le dijo: ¡Cómo te quiero, dame ya mismo un beso en los labios!, y sin decir agua va le enchufó un pico, que era su declaración rotunda de amistad y gusto por alguien. Fernando, sacado de cuadro, se rió y lo abrazaba y le palmeaba la espalda, mientras nos decía ustedes están muy locos, men, ¿de dónde me dijeron que vienen?

-¿Y man, son esas las Nu?, me insiste.
-Sí, loco, son esas, pero la que está ahí es una. Está una sola, boludo. ¿No ves que hay una sola?
Fernando me mira, me palmea la espalda y se ríe: -¿Decís que esa es una sola loco?
-Si man, pero tenés razón vos, son las dos.
El Rolo nos mira, nos dice cómo los quiero y de inmediato nos agarra la cara y nos aplica un pico a cada uno.

Pablo Resnik