domingo, 28 de noviembre de 2010

El hombre...

El hombre es un hombre o quizá un saco de ropas,
una idea desconocida, un telón de hilos sacudido por el vendaval,
un aleteo sin causa en medio del vacío.

Uno se imagina:
este hombre bien podría mirarse, en un intento de distinguir, de la piel,
los jirones de tela; de las manos, ocultas por la tierra,
el barro que inunda el espacio.

Podría mirarse frente al aire,
sin titubear frente al cielo,
o frente al vapor que suspende su cuerpo.

Las líneas de sus palmas reproducen las grietas terrosas
que tiene ante sí;
reproducen surcos de viento entre el aire,
reproducen capas evanescentes, superpuestas hacia el infinito y afloradas, también, de la raíz de la tierra.

El hombre podría mirarse si tuviera una cara y en ella unos ojos,
si dispusiera de algo, de la posibilidad de una imagen
fuera de sí mismo y dentro del mundo que lo contiene.

Si es que hay allí un mundo.
Y si es que hay allí un hombre.

Si tuviera con qué hacerlo sentiría la ráfaga de trinos,
de criaturas aún ausentes, de savia virgen de hojas y tallos,
derramada entre el luminoso polvo que el cielo comienza a mostrar.
Sentiría el crepitar de infinitas hogueras, enterradas arriba o abajo,
vivas, perdidas.

Pero aún no ha hecho su rostro,
o su rostro no ha sido hecho,
todavía.

Se arrastra un poco,
se levanta en un vuelo que él no conduce,
hacia la imagen de un lugar
y en ese lugar, hacia un hombre.

Hacia la intuición de un hombre,
sacudido por viento, por tierra,
por fuego y dolor.

Hacia la explosión de ese hombre en lluvia.
Hacia la reunión del agua en un cuerpo nuevo.

A lo lejos brillan voces
que se apagan y escapan en un sueño

El numeroso grito se aleja

El tiempo mismo serpentea sin forma, persigue su propia estela,
se zambulle en los rudimentos de un cielo nuevo,
perfora un alarido en el abdomen del hombre que no ve.

Del hombre que no ve pero que toca.

Del hombre que no ve pero que palpa,
con yemas que escuchan un hueco,
allí, donde nada había.

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