bsolutamente imposible. Por más que le buscara la vuelta, no había manera de rezarle a nadie. Él, el mismísimo Dios de los Cielos Futuros y Señor de las Cosas aún Inexistentes, sentado frente a su almuerzo recién servido, sin sospechar ni por asomo la naturaleza de su propia e impar identidad (como suele suceder con quienes son grandes de verdad) ni tan siquiera intuir, en sueños o premoniciones, el extraño destino al que se encontraba sujeto, descubría en Sí Mismo el deseo de contar con un ser superior, el anhelo de una imagen a la que adorar, de una voluntad perfecta, de una presencia que lo guiara, lo protegiera y a cuyos designios someterse.
¿Por qué no habría de sentirse así, solo y un tanto compungido, si nada existía y nada había existido, a no ser por Él Mismo y su sencilla casita-cúspide?
Tal vez lo que necesitaba fuese, en realidad -aunque Él ignorara o no se hubiera puesto a pensar en estos posibles motivos-, algo más simple y comprensible: una compañía, un alivio para su ya casi eterno aislamiento. O, quizás, el origen de su inquietud fuera más complejo: la necesidad de un Algo que lo explicara, de una historia, de una posibilidad o hipótesis, de un principio o de una traza de luz y sentido que le permitiera entender su propia existencia.
Imposible. Miró, aburrido, a través de la ventana de la cúspide, mientras exageraba un bostezo. Sin novedad. Lo rodeaba la misma completa nada de cada día o, para ser más exactos, la misma completa nada de siempre, ya que el día y la noche aún no habían sido creados.
Pues bien, las cosas estaban así, tal y como las escucháis: no había tiempo ni sol ni tierra ni giros planetarios. Y no existían los mundos y no existía el aire y no existía el vacío.
¿Desde cuándo permanecía Nuestro Señor en esa soledad, en ese limbo, en esa existencia recortada de dato extraviado, de potencia huérfana, de ángel caído? Pues ni Él lo sabía. Y si Él no lo sabía, creedme, pues entonces nadie, ya que nadie más existía.
De tanto reflexionar acerca de dichas cuestiones, el Divino se angustió un poquito. Enjugó unas lágrimas con el dorso de su mano, a la que luego sacudió, y éstas volaron lejos. Vio, con asombro, cómo estrellaban su vuelo unas contra otras para luego deslizarse a través de un espacio sin cuerpo ni límites. Y ese espacio, capaz sólo por milagro -aceptad, por favor, dicha posibilidad-, y sólo en ese mero instante, de entrar en contacto con algo, devino, merced a la fusión con los lloros divinos, en un azul oscuro e inmenso englobado por un zumbido total, profundo e inaudible.
Aturdido por la novedad de los cielos y del silencio, el Uno giró en su silla para buscar, idea absurda, una explicación en derredor. Y si bien nada encontró, unas cuantas gotas de sudor, que de su brusco giro se desprendieron, volaron sin resistencia hasta manchar de plata refulgente, aquí, allá y acullá, la inacabable noche.
Bueno, ¡quién lo hubiera imaginado!, hechos muy extraños acudían, de modo repentino, a distraer su prolongada soledad. Excitado e incrédulo, daba cortos y nerviosos pasos de un extremo a otro del bonito y sencillo living de su hogar-cúspide, en procura de poner algún orden a sus ideas. Al menos un poco de orden, se decía, sería perfectamente bienvenido, dado el caos en el cual, sin comerla ni beberla, me encuentro inmerso. No me quejo…, no me quejo…, no es que me queje -decía para Sí, ¿para quién otro si no?- que bastante aburrido me encontraba. Pero bueno, hay que ver cómo demonios abarajo esto que se viene.
Se detuvo entonces y, afirmándose con ambas manos en el alféizar de la ventana, vociferó: -¡Pues que se haga también la luz, ya que estamos!-. Pero nada ocurrió.
-¡¡Dije que se haga la luz, carajo!!-
Y nada, nada de nada, así que arrojó con violencia y en cualquier dirección más sudor y también saliva –deberíais haberlo visto, puesto a girar a toda velocidad en su silla-, además de nuevas lágrimas proporcionadas por una ira creciente, para ver qué pasaba. Pero nada, otra vez nada.
Es que el Señor de los Cielos ignoraba no sólo Su propio lugar en el orden cósmico, sino también algunas cuestiones básicas y esenciales como, por ejemplo, que ese instante del espacio y del tiempo correspondía a la recién nacida Noche, a la primigenia y rudimentaria Oscuridad. Entonces, más allá del esfuerzo realizado, no era el momento para que una fuente de luz se hiciera presente, ni para que el primer día, el primero de todos los días que vivirían en el universo, comenzara a escenificar por siempre la ficción del tiempo y el juego de los ciclos, las edades y las horas. Sólo mucho después, al despertar luego del sueño, podría apreciar los resultados de aquella, en apariencia, furiosa y estéril faena nocturna frente a la ventana. Pero no os apresuréis, ansiosos diablillos, ya llegaremos, más adelante, a ello.
-¿Nada más podré hacer, sólo un tonto decorado de nubes y estrellas? -se preguntaba Nuestro Señor, poseído por una comprensible excitación, y ponía nombre así, de paso y sin darse cuenta, a dos de sus recientes creaciones celestes-. -¿En qué cambia mi vida con esto? –prosiguió-, continúo aquí, rodeado de la misma pequeña mesa, la misma silla de toda la vida, mi cama, siempre deshecha, ¡y esa maldita ventana que no da a ningún lado salvo a esas recientes nubes y estrellas de las que me cansaré, a no dudarlo, en menos de lo que canta un gallo, para el caso de que en algún sitio existieran los ridículos gallos! (os señalo aquí, en maldita ventana, la referencia que hace el Señor, en medio de Su proverbial y bien conocida furia, con seguridad por vez primera, a la existencia del Mal, Su futuro e imperecedero oponente en la conquista de las almas)
-Heeeyyy, holaaaaa, -proseguía-. -Ya no doy más, necesito escuchar otra voz.
El buen Dios, con el torso por completo fuera de la ventana, gastaba buena parte de sus energías en un tremendo grito, mas la persistente noche le regresaba sólo silencio y resignación.
Un nuevo bostezo le reavivó el deseo de sumergirse en el olvido o, al menos, en el consuelo del sueño. Ya se introducía en la cama cuando, quizás por su tibieza, por la suavidad de las sábanas o por el dulce abrazo del colchón, su pensamiento volvió sobre el deseo de un dios al que adorar y seguir. ¿Sería capaz de crearlo al despertar, mediante el empleo de Sus nuevos y raros poderes o habrían sido estos un fenómeno efímero, una suerte de vívida fantasía de la que pronto no quedarían rastros? Ya fueran las cosas de uno u otro modo, se dispuso a un buen descanso para luego, con nuevas fuerzas y mente despejada, intentarlo.
-¿Y cómo sería este dios? –se preguntaba, ya bien arropado, mientras miraba el cielorraso con ojos soñadores-. -No tengo idea del aspecto de alguien que no fuera yo. Habrá de ser entonces, por fuerza, parecido a mí. ¿De qué otro modo si no? Lo haré robusto y no muy alto, de fuertes huesos y largos cabellos. Además, tendrá una cabeza soberbia, como la mía, y una expresión poderosa, o mejor aún, ya que estamos –se entusiasmó el Creador-, todopoderosa.
Si bien los sucesos recientes parecían un juego (aunque os cueste creerlo, Dios no sabía con exactitud, ni mucho menos, lo que había hecho. Muy por el contrario, el Eterno suponía que sus habilidades eran meramente decorativas y, sus productos, nada más que una suerte de dibujos o pinturas muy especiales) resultaba mucho mejor que la Nada, reflexionó. Y en medio de tales cavilaciones, cansado y entusiasmado como un niño, comenzó a quedarse dormido.
Las horas del sueño fueron una fiesta de imágenes enredadas a sus ilusiones; entre ronquidos e inquietos giros sobre Sí Mismo que a diestra y siniestra desarmaban el lecho, desfilaron rostros y formas cambiantes, múltiples figuras más o menos parecidas a Él, pero que habitaban un mundo bello, suspendido y esférico, pleno de extraños paisajes y de colores jamás vistos. Verde, Rojo, Amarillo, Azul y Blanco se combinaban y superponían en diversas formas y daban lugar a una variedad armoniosa e inabarcable. Las figuras humanas (le gustó la nueva palabra: humanas. Sugiere algo blando y misterioso, pensó) erraban con expresión de desconcierto por un Nuevo Mundo que se desplegaba más y más allá a cada instante. Los hijos de sus sueños, de diversos aspectos, tamaños y habilidades, cobraban vida bajo el resplandor de una amarilla e inmensa bola de fuego suspendida en lo alto, que fuera a saber uno de dónde diablos (¿Diablos? ¿Dije diablos? ¿What could be that?, se interrogó a Sí mismo con sorpresa, una vez despierto y al recordar lo soñado, sin notar, ingenuo y distraído como era, que además acababa de inventar, como si tal cosa, una nueva lengua).
El despertar lo inundó de sensaciones: perfumes de flores, olores de animales, vientos, sonidos lejanos y lluvias que derramaban voces desconocidas.
-¿Por qué tanta cosa? –se preguntó, asombrado y divertido-, yo sólo, en verdad, quería procurarme un dios.
Pero mucho había ocurrido en su sueño y las reminiscencias del mismo, demasiado tangibles, lo invadían en plena vigilia. Como en una visión, se presentó ante Sus ojos la imagen de Sí abocado, en duro trajín, a delinear una forma humana con la oscura substancia que cubría la superficie de aquel extraño planeta de sus sueños. (¿Planeta? ¡Qué día tengo hoy! También muy bonita palabra…, planeta…, pla-ne-ta –ok, también silabeamos, rió-. ¡Me encanta la palabra planeta!)
Pero el caso es que, como podéis daros cuenta, Su ansiado dios no afloraba por ningún sitio, y aquellos humanos y los diversos animales soñados no parecían dar con el supremo perfil que imaginaba.
-¿Seré capaz de dibujarlo o formarlo de manera que sus ojos brillen como los míos y como esas estrellas que me distraen e iluminan a través de la ventana? Entre paréntesis, en cuanto pueda me abocaré a inventar las cortinas-.
En tanto, la luz del cielo nocturno, ya toda una novedad en sí misma, viraba con ligereza a un brillo más claro y potente. Dios, con la cabeza hundida en su mullida almohada, aún no terminaba de despabilarse del todo, de emerger con esfuerzo de la noche más curiosa que hubiera tenido, cuando el brillo de un sol imparable, la bola de fuego de sus sueños, lo aplastó, enceguecido y aterrado por aquél fenómeno desconocido, contra el respaldo de la cama. Una de sus manos, cubierta de barro, recién entonces lo notaba, se alzó para protegerle los ojos.
Ya más calmo, y en medio de un atisbo de comprensión, pudo apreciar el abrazo del calor sobre su cuerpo. En seguida, tieso de fascinación y temor, se encaminó hacia la ventana. Allí afuera, en medio de una luz dorada, bullía el mundo que Él había creado. Lo contempló con alegría, orgullo y congoja. Era un mundo bello y pleno de vida, pero sin el dios de sus anhelos.
Se retiró de la ventana, corrió las pesadas cortinas recién concebidas y se dispuso a descansar.
El tiempo había comenzado.
Pablo Resnik
No hay comentarios:
Publicar un comentario