Maldito carro. Justo ahora, cargado de leña y comida, se le viene a quebrar una de las ruedas. Justo cuando faltan pocas horas para llegar al refugio y esperar tranquilos a que amanezca.
El camino estrecho de tierra y polvo no puede representar mejor a los dos hombres que se lamentan su suerte. El carro está roto, no se puede seguir.
Ni soñar se puede, aunque sólo fuera llevar lo necesario a sus familias, llegar cansado y echarse en su sillón a tomar algo caliente, piensa uno de los hombres. Su mirada va de Pedro, su compañero, al vehículo repleto, para perderse luego en el presente, en el que convergen los tiempos de pobreza y un futuro que se estrecha hasta no quedar de él más que el eje trasero, quebrado, de la carreta.
La caída del carro sobre uno de sus laterales interrumpe el camino. De todos modos , difícil que alguien fuera a pasar por ahí cuando ya viene la noche. Pedro y el otro se resbalan y caen a cada esfuerzo por reponer la rueda dañada. Sobre el sonido del viento, los pájaros se llevan la luz del final del día y los hombres se vuelven negros y grises en la penumbra.
Demasiado peso, demasiado esfuerzo. El carro no se mueve un centímetro. Se miran cansados y, por ratos, desfallecen. A veces se duermen unos segundos para reponer fuerzas. Sin embargo ahí están en seguida, empujando otra vez. Y otra y varias más. ¿Deberían parar y abandonar el carro?
Pero ellos vuelven a empujar. Aprietan los hombros contra la pared del carro, inclinada hacia la tierra. Ya no se gritan aliento ni buscan razones a la ausencia de buenos resultados. Sólo empujan en silencio. Hay que seguir, porque en casa los esperan las familias.
Pedro, mientras empujan la pared lateral del carro por millonésima vez, cae y queda atrapado debajo de la rueda. La rueda va y viene sobre su muslo cuando el otro empuja con todas sus fuerzas, sin ahorrarle a ninguno de los dos el sonido del hueso que se astilla.
Ya se imagina, como en un sueño, las preguntas de los chicos y las mujeres: ¿qué pasó? ¿Qué le pasó a Pedro? ¿Y dónde está el carro?
Mira a Pedro, lo escucha gritar y se desespera. ¿Cómo hacer para sacarlo de ahí abajo?
Pedro gime de dolor y no hay manera; parece que ya se muere. Nunca había visto el carro desde la tierra, piensa Pedro. Nunca había visto, tampoco, su pierna inmóvil y quebrada debajo de una rueda. De esta no salgo, acá quedé, quién lo hubiera dicho.
El otro se aprieta contra la rueda. Intenta moverla por no quedar inútil, por no tirarse a llorar encima de Pedro. Si tuviera una cuchilla cortaría esa pierna de raíz y habría que arreglárselas después con el borbotón de sangre, pero ya sería algo.
Noche cerrada, Pedro está inconsciente. Parado contra la rueda, el otro mira el cielo: hay luna llena. Una luna de leyenda, roja y enorme. Lo único que falta es que aúllen los lobos, piensa. Bañado por esa luz, en medio del silencio y el camino y los bosques en sombras, se siente él mismo un lobo, un animal deformado en hombre. Si fuera lobo no necesitaría empujar cada semana este maldito carro, piensa. Y podría, se le ocurre, comerme la pierna de Pedro, que igual va camino de ser nada más que carne, y así podría sacarlo de ahí abajo. Y, en todo caso, mucho mejor morirme un día por un balazo de plata y no así, como el pobre Pedro. ¡Haceme Lobo hija de puta! -le grita a la luna, ¡haceme lobo y llevate lo que quieras, pero dejame sacarlo de ahí! Y se deja caer sobre el amigo, lo abraza y llora y repite por lo bajo: haceme lobo, haceme lobo hija de puta, por lo que más quieras haceme lobo. Y contra toda lógica, de la nada, empieza a rugir; ruge, vocifera, aúlla. Levanta la cabeza y los ojos amarillos acuchillan la noche. Pedro, entre la muerte y la rueda, con el dolor suspendido por la visión de su amigo transformado, pide para él mismo la magia de lobo que que lo libere del hombre.
El otro escucha todo: más allá de los bordes del camino nacen y mueren ruidos veloces, de ratas, víboras y pájaros. Su pecho, bañado por la luz roja de la luna y apoyado contra la rueda, hace fuerza para estallar. Se agita y siente que las costillas le empiezan a ceder. La fuerza de lobo lo empuja: corre y se mete en la oscuridad que los rodea. Salta ramas, hojas, charcos y piedras. Mientras corre ve una rata entre las hojas, escucha un cuis que se escapa por entre unos troncos caídos, ve una oruga en la rama de un árbol. Ataca a un carpincho. Lo mata. Se lo devora. Levanta el hocico y huele: el viento trae olor a agua, a tierra húmeda, cerca debe haber un arroyo donde calmar la sed. Pero de repente huele otra sangre; no es la del carpincho. El rastro lo devuelve junto al carro. Aparece, confuso, el recuerdo: sangre de hombre, un amigo se muere. Encuentra a Pedro inconsciente, atrapado debajo de la rueda. Hay que descuajar la pierna para sacarlo: los colmillos se clavan en el muslo y sacude la cabeza con violencia. Hay que conseguir el crujido, terminar de quebrar el hueso. Entierra más el hocico y tira y sacude. La resistencia cede; lucha y gruñe con los jirones de piel, carne y tendones que todavía agarran la pierna al cuerpo. Por fin, en medio de un sacudón la pierna queda libre, atrapada entre sus colmillos. Pedro sigue inconsciente. El pobre tiene la piel muy blanca por la hemorragia, parece que en cualquier momento fuera a evaporarse. El otro le arranca la ropa de una hocicada y le aplica un torniquete. Pedro para de sangrar. El otro se lo carga encima y se lanza al trote por el camino, corta camino por el bosque, corre y no para, ruega llegar a tiempo para que el nuevo Pedro, el de una sola pierna, sobreviva.
Llegan de madrugada. Los chicos y las mujeres se aterran al verlos. Deja a Pedro en el suelo para tomar un respiro y otros hombres se lo llevan.
Ya en su casa, mientras una buena comida se calienta en las ollas, aparecen las preguntas. De golpe toma conciencia de su boca ensangrentada, de su ropa destruída, del dolor de los músculos. Se da cuenta de que la pesadilla que lo ayudó a salvar a Pedro continúa. Se recuesta en su sillón frente al fuego. Una nueva vida, piensa, mientras se va quedando dormido.
Pablo Resnik
No hay comentarios:
Publicar un comentario